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Celebrar

Por domingo, mayo 3, 2015

Un día y otro, una llamada y otra, un encuentro y otro, y yo seguía sin poder decir “te quiero”. Tan fácil, ¿no?

Sí, para mí era fácil no decirlo y estaba acostumbrada a pasar de eso que sentía como una ebullición que iba subiendo desde muy abajo y muy profundo y que casi dejaba salir en palabras. Pero no, no salían. Me lo proponía, de hoy no pasa, hoy se lo digo, “te quiero”, sin más. Y, de nuevo, no salían esas dos simples palabras de mi boca, acostumbrada a decir tantas otras.

Un día, compré, en un portal de ventas de internet, un servicio de limpieza integral del coche. Tenía un buen descuento y me había hecho a la idea de que si no era tan bueno el servicio, perdía poco. Llegar al sitio fue una odisea, casi pierdo la hora de cita, me lo advirtieron. Y si la perdía, no podría canjear mi compra más adelante, el servicio caducaba ese mismo día. Estoy acostumbrada, también, a perderme entre las pocas, para mí infinitas, posibilidades de perderse en una ruta con navegador.

¿A cuántas cosas más estoy acostumbrada a perder?

Esa tarde en que llegué a tiempo, después de mil vueltas alrededor, dejé el coche en la empresa y sin otro medio de comunicación, tuve que esperar dos horas en un polígono a que realizaran el servicio.

Puede volver en dos horas, me dijeron, al entregar las llaves. ¿Qué? Eso no estaba advertido en el anuncio ni tampoco lo pregunté yo, ni indagué en dónde estaba el sitio y qué había en sus alrededores.

Salí, cargada con el bolso y la cartera de trabajo, dispuesta a disfrutar de esos alrededores que me parecieron un páramo, desde luego por el frío. Justo al lado, casi puerta con puerta, había un restaurante de los que se anuncian como los mejores. Su nombre era muy conocido. Entré. Un café, por favor. ¿Lo puedo tomar en una mesa? El restaurante estaba vaciándose de comidas de directivos. Algunos alargaban una sobremesa con la bebida de moda que tomaban, sin humo, por supuesto, pero con la misma o mayor avidez que cuando casi todos fumaban.

Nadie me miró. Yo les observé a todos. Me divertía la escena. Apuré el café como si cada grano fuera tostado y triturado antes de hacer la infusión, especialmente para mí. Con azúcar moreno. Me imaginé con todos los derechos a estar allí. Un día volveré y consumiré su menú degustación, el de los anuncios en la radio. Estas cosas me las decía para no sentirme excluida, con derecho absoluto de usar esa mesa de ese comedor de 40 € mínimo el cubierto.

Allí empecé a pensar en que esta vez sí lo diría. Lo pensaba de otra forma, lo pensaba con el corazón y con las tripas y con algo más, algo nuevo. Un recurso que sabía utilizar en otros ámbitos de mi vida. En mi profesión, sin duda. En ella era una experta. Afrontar el reto. Me encantan los retos. Me apasiona la sensación de ir más allá de las posibilidades, incluso de las que nadie ve.

Decidí que esa tarde sería el momento de decirle: te quiero. Arriesgarme a salir de mi zona de confort, en la que la costumbre, aunque me duela, es la que conozco y es en la que me siento segura.

Después de sólo media hora de café a cubierto, salí a la calle, con más frío aún, en un anochecer de mediados de diciembre.

Llevábamos muchos años juntos, algunos en los que nos distanciamos. Yo me distancié para ser capaz de seguir queriéndole. El número de su móvil lo tengo grabado en “mis favoritos”. Lo seleccioné y esperé. Tardó una eternidad en contestar. Deja que suene, lo mira de lejos y…¿Sí…? Su pregunta, la de siempre, tuvo una contestación distinta, única. Te llamo para decirte que te quiero…

Qué anochecer tan bonito de agradecimiento. Una tras otras se fueron colocando las palabras entre nosotros como si siempre hubieran estado ahí para nosotros, esperándonos a compartirlas, a decírnoslas cuando nosotros estuviéramos preparados para oírlas.

Gracias, vida, por el amor que hay en mí. Gracias, amor, por la vida que me das.

Ha sido un punto de inflexión en nuestras vidas. Y tengo muchísimas ganas de volvérselo a decir.

Aquel día fue como entrelazar toda nuestra infancia juntos, nuestra adolescencia y los años que luego empezaron a separarnos, y tejer con ellos lo que nuestros nombres, los mismos, sienten, libres de egos, libres de personalidades. Tejer y retejer las veces que haga falta una vida llena de un amor que va más allá de lo que nos digamos, de lo que seamos capaces de decirnos con palabras.

celebrar día de la madreTe quiero y quiero seguir compartiendo mi vida contigo.

Hoy celebro el amor de mi madre que nos ama tan profundamente a los dos, que nos dio la oportunidad de conocernos y caminar por la vida sabiendo que el otro siempre estará ahí para mí, para él.

 

Hoy saldremos a celebrarlo.

 

Te invito a celebrar lo mejor de tu vida con quienes forman parte de ella. Y te invito a decírselo, a decírtelo a ti.

 

 

 

 

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Ejercicio de zonas de influencia

Por martes, febrero 17, 2015

Ejercicio para pasar de la preocupación a la ocupación

…¿Tengo que preocuparme porque me vaya a pasar como a ella? No sé si sucederá. Lo que sí sé es que preocuparme por llegar a ese sitio no me garantiza no llegar…

 

Si has leído el post “¿Discapacidad?”, reconocerás la frase anterior.

A veces nuestro pensamiento está centrado en cosas que están fuera de nuestro control. A eso lo solemos llamar “estar preocupados”.

¿Te ha sucedido alguna vez a ti? ¿Imaginas que pudiéramos cuantificar ese tiempo?

 

Puedes preguntarte cuánto tiempo has invertido en algo sobre lo que tienes poca o ninguna capacidad de influencia. La respuesta te dará la cantidad de energía perdida en cosas que no está en tus manos solucionar. Y, también, te dará idea de la cantidad de energía que has dejado de invertir en aquello sobre lo que sí tienes capacidad de influir y cambiar.

 Para trabajar esta capacidad de invertir adecuadamente la energía que tenemos, te propongo este ejercicio.

 

 1º Piensa en lo que te preocupa.

Repasa tu vida personal, familiar, social, profesional. Piensa en cualquier aspecto sobre el que te sientes preocupado.

Escríbelo, ponlo en frases cortas y sencillas.

Imagina que es una mochila que llevas a cuestas en tu vida.

 

¿Cómo te sientes con todo eso presente en tu vida?, ¿con todo ese peso que cargas a tu espalda?, ¿hacia dónde va tu mirada?, ¿qué te dices a ti mismo?, ¿qué escuchas a tu alrededor?

 

2º De eso que te preocupa ¿sobre qué no tienes ninguna influencia?

Son los pensamientos que están por completo fuera de tu capacidad de actuar sobre ellos.

Separa estos pensamientos, colócalos aparte. Ahora, tienes dos listas:

  • Lo que te preocupa, pero no depende en absoluto de ti hacer algo para cambiarlo.
  • Lo que te preocupa y sobre lo que puedes actuar en alguna medida, solo o con la participación de otras personas.

 

¿Cómo te sientes cuando has sacado esas preocupaciones de tu presente?, ¿cómo pesa ahora esa mochila?, ¿qué ocurre con tu mirada?, ¿qué ves ahora?, ¿qué escuchas dentro de ti, a tu alrededor?

 

3º Separa aquello que te preocupa y sobre los que tienes sólo cierta influencia.

Pon estos pensamientos sobre las cosas que te preocupan pero no depende sólo de ti poder actuar sobre ellos, ya que necesitas la participación de otros para conseguirlo.

  • Lo que acabas de hacer es separar, de la segunda lista, lo que no depende sólo de ti, de lo que sí depende de ti. De esta manera, tienes ya tres listas:
  • Lo que te preocupa, pero no depende en absoluto de ti hacer algo para cambiarlo.
  • Lo que te preocupa y sobre lo que puedes actuar en alguna medida con la participación de otros.
  • Lo que te preocupa y sobre lo que tú tienes toda la capacidad de actuar.

 

¿Cómo te sientes ahora?, ¿qué ves nuevo?, ¿qué te dice esto de tu vida?

 

4º Dibuja tres círculos concéntricos, como los que tienes aquí abajo.

En ellos colocarás cada una de las tres listas.

  • En el círculo más externo, pon aquello que te preocupa pero sobre lo que no puedes influir de modo alguno. Ésta es tu zona de preocupación pura (ZP)
  • En el círculo intermedio, sitúa aquello sobre lo que tienes capacidad de influencia, aunque su solución no está solo en tus manos. Ésta es tu zona de influencia (ZI)
  • En el círculo más interno, quédate con las cosas que dependen de ti. Ésta es tu zona de control (ZC).

 

ejercicio-para-identificar-la-zona-de-control-e-influencia
De esta forma, puedes ver cómo se organizan tus pensamientos y cómo se distribuyen tus energías.

Ahora tienes un mapa que te ayudará a actuar sobre lo que puedes llegar a conseguir.

¿En qué círculo te sientes con más energía?, ¿en cuál cuentas con más recursos propios?

La zona de control es en la que te mueves con más soltura, en la que las acciones son más fáciles de planificar, en la que los objetivos son tuyos y conseguirlos sólo depende de ti.

Cuanta más influencia ejerzas sobre los otros, sobre tu entorno, más ampliarás tu zona de control.

Estos aspectos se trabajan en un proceso de coaching, son sus bases. El ejercicio se basa en el modelo de S. Covey de “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”?, y en explorar tus sistemas representativos y de comunicación a partir de las propuestas de la PNL (Programación Neuro-Lingüística) de Bandler y Grinder.

Repasa tus preocupaciones, tus listas. ¿Hay algo que trasladarías de un círculo a otro?, ¿qué ocurre cuando lo haces?, ¿cómo queda tu energía, la ganas o la pierdes?

 ¿Dónde tienes puesta tu energía ahora?, ¿quieres hacer algún cambio?, ¿qué pasaría si lo hicieras?

Tú ahora estás en disposición de ver más claramente por dónde empezar tu propio proceso de desarrollo, de escuchar lo que de verdad importa en tu vida y sobre lo que puedes actuar y de sentirte competente para ello.

 Descarga el ejercicio en formato PDF haciendo click aquí.

¿Qué has aprendido de ti con este ejercicio?

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¿Discapacidad?

Por martes, febrero 17, 2015

Acabábamos de llegar de un largo viaje a la vuelta de la esquina. Ahora, cada pasito que dábamos juntas se convertía para ella en una prueba de resistencia, en su triatlón particular. Era una campeona.

Llevaba todos sus años a cuestas, aunque cada vez el pasado le pesaba menos y el futuro era tan inmediato que vivía en un ahora casi permanente.

¿Qué has comido hoy?, ¿vas al fisio esta tarde?, ¿qué tal la pelu? Eran preguntas sin sentido ya. La vida se simplificaba a cada rato.

Hace un momento, en la noche, cuando ya estaba acostada, sentada al pie de su cama, le preguntaba: ¿qué cosa bonita te ha pasado hoy? Y como ella prefería acordarse de lo malo —se había hecho una experta en encontrar lo peor de cada situación—, la pregunta siempre empezaba con la misma contestación: nada. Vale, pero si lo piensas un poquito más, ¿qué has hecho hoy?, ¿con quién has estado?, ¿te ha gustado la comida?, ¿has hablado con los niños?, ¿qué ropa te has puesto?… Y así, poco a poco, su mente iba encontrando recuerdos de un color diferente al negro zaíno. Su cara se iluminaba y una sonrisita pícara de niña pequeña preludiaba una tras otra respuestas alegres que a ella misma le sorprendían. ¿Tanto bueno me ha pasado?, quizá se preguntaba a sí misma. O quizá, como cogida en renuncio, pensaría algo parecido a “esta hija mía qué lista es, no me puedo escaquear”.

Tontunas que nos hacían el encuentro nocturno casi lo mejor de cada día. De ellas apenas hacía un momento. Sólo habían pasado unos pocos meses desde entonces. Desde aquel entonces en el que ella podía pensar en algo que había ocurrido y en algo que fuera a suceder más allá del día siguiente. Y este otro momento convertido en un ahora indivisible en fracciones de tiempo, por muy cercanas que estuvieran.

Me he puesto a escribir esto al llegar a casa con la certeza de que no iba a olvidar lo que me acaba de decir ella y que yo no había entendido, pero…no ha sido así. Sólo guardo el recuerdo de que en esa conversación había sido yo quien no la había escuchado ni, desde luego, entendido.

¿Tengo que preocuparme porque me vaya a pasar como a ella? No sé si sucederá. Lo que sí sé es que preocuparme por llegar a ese sitio no me garantiza no llegar. Y lo que es peor, cómo voy a renunciar a ir de una mano como la suya. Lo recorrería sin rechistar. Por lo que, si voy a llegar, gracias de antemano.

De su sonrisa se desprende una sensación con la que puedo andar la distancia que separa nuestras casas, incluso lloviendo, sin calarme más que de agradecimiento a la vida, a ella que la representa para mí.

De ella, con ella, por ella, para ella y para…mí, aprendo a hacer las preguntas que las dos necesitamos.

¿A quién ves ahora aquí contigo?, ¿quién es ésta que está a tu lado, escabulléndose entre los pliegues de la colcha?, ¿a quién escuchas?, ¿oyes ese ruidito de crujir de sábanas recién planchadas que haces al querer arrebujarte en ellas?, ¿tienes frío o estás a gusto?, ¿cómo te sientes?, ¿a qué te huelen mis manos?, ¿te gusta la crema con la que te acabo de dar le masaje en los pies?…

Cuantísimas preguntas se pueden hacer para centrar la atención en un aquí y ahora presente, eterno, el único momento de la vida que existe en la realidad. Tantas, como la mirada que compartimos ambas, del color de una comprensión que aprende a romper cualquier límite. Una mirada que sabe a aceptación, tierna y firme.

Quizá en otro momento, que espero para un poquito más adelante, aunque prefiero no esperarlo, quizá a la vuelta de otra esquina, las preguntas dejarán de tener sílabas y se pronunciarán con sonrisas calladas y besos sonoros. Y será como volver a gatear por los pasillos de casa bajo la mirada de quien más nos quiere. Y las respuestas serán aún más cálidas, guardando en cada gesto la esencia de todos los gestos bonitos vividos juntas.

Y no habrá preguntas, sólo un estar ahí. Presente y totalidad.

Pero eso será otro día. Ahora y aquí, andamos balanceándonos entre ambas piernas, como en una borrachera de niña pequeña que no acaba de caerse y que, si lo hace, se levanta con un resorte de risa espléndida y mágica.

<<Te propongo un ejercicio>> para dejar de preocuparnos y empezar a ocuparnos de aquello sobre lo que tenemos capacidad de actuar e influir.

 

 

 

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Ejercicio para la toma de decisiones

Por lunes, enero 12, 2015

Si tú no decides, alguien lo hará por ti.

Por eso te animo a que leas mi post “¿Qué camino escoges?” y reflexiones sobre cómo tomas tú las decisiones. Y luego, a que practiques este ejercicio que te ayudará a desarrollar habilidades en la toma de decisiones a hacerlo de una manera consciente con este ejercicio que te propongo.

Vivir es elegir. Lo hacemos constantemente, de manera consciente o inconsciente, programada o sobre la marcha. Y según dicen los expertos, de entre las muchas estrategias para tomar decisiones, la mayoría de las veces sólo utilizamos 4 ó 5. Lo más curioso es que estas mismas estrategias las aplicamos a decisiones tan cotidianas como la compra diaria en el súper o por dónde vamos al trabajo, o de tanto alcance como cambiarnos de casa o de trabajo.

En este post te invito a entrenar tus habilidades en la toma de decisiones.

No existe la decisión ideal, porque en todas hay incertidumbre, y cualquiera que tomemos tendrá ventajas e inconvenientes. Pero sí podemos aprender a tomarlas con mayor eficacia y con mejores resultados.

Para llegar ahí, ¿qué necesitas saber? y ¿qué tienes que hacer?

Lo primero, conocerte, saber de ti. Porque sabiendo esto podrás tomar la decisión más acorde, la que te proporcionará una sensación mayor de serenidad y de acierto.

Entrenarme para conocer qué es lo que quiero y qué es lo que no quiero en mi vida.

toma de desiciones 1

 Toma papel y lápiz y dibuja un cuadro con cuatro casillas, como el que te pongo más abajo, y escribe en ellas:

 

1ª Casilla: lo que quiero y tengo.

 

2ª Casilla: lo que quiero y no tengo.

 

3ª Casilla: lo que no quiero y tengo.

 

4ª Casilla: lo que no quiero y no tengo.

 

Date tiempo para pensar sobre el contenido de cada una. Sé concreto y expresa tu pensamiento con sencillez.

 

¿Qué casilla te ha costado más?, ¿cuál ha sido más fácil?

¿Son todos los contenidos del mismo peso?

¿Hay alguno más relevante para tu vida?, ¿en qué casilla esta?

¿Has descubierto algo que te llama la atención?, ¿algo que no sabías?

 ¿Qué has aprendido de ti al hacer el ejercicio?

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Para descargar el ejercicio en formato PDF, haz click aquí.

Este ejercicio está basado en la propuesta de G. Bertolotto para trabajar el diseño de objetivos, a partir de los estudios de R. Bandler, co-creador de la PNL, sobre alejamiento y acercamiento, que son las direcciones vitales de nuestra mente.

 

A partir de ahora, ¿hacia dónde te quieres mover?

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Ejercicio para modular creencias

Por lunes, enero 12, 2015

 ¿Has leído el post SERVICIO PÚBLICO?

Desde El Rincón de Cleo, te propongo un ejercicio de coaching basado en PNL para indagar en tus creencias y aprender a modularlas.

Las creencias son aquellos juicios que guardamos en el disco duro de nuestra mente, a veces sin ser conscientes de su existencia, y que nos dan o quitan el permiso para hacer lo que hacemos. Son la llave de nuestras acciones.

Son pensamientos que se han quedado en las profundidades de nuestra inteligencia, que hemos ido incorporando a lo largo de nuestra vida, a los que otorgamos el valor de ser auténticos, a pesar de su inconsistencia en muchas ocasiones, y a los que convertimos en nuestros juicios de valor.

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Servicio público, calidad asistencial y atención al paciente

Por lunes, enero 12, 2015

A propósito de los once días pasados en un hospital público en el preludio de la navidad.

¿Durante cuánto tiempo vamos a seguir ocultando lo que de verdad importa?

Un trato profesional, competente y respetuoso.

No hacen falta ISO, EFQM, protocolos, estándares y observatorios de calidad, textos de buenas prácticas, cartas de servicio, manuales de estilo…

…compromisos que se redactan para…cumplimentar documentos de evaluación, certificados y acreditaciones.

¿Quién, cuándo, cómo, dónde, por qué y para qué?

No hacen falta para trabajar bien, dando todo lo que se sabe, bajo la máxima responsabilidad, la de cada uno. Estar preparado, tener los conocimientos y las habilidades necesarios para desempeñar con competencia el puesto de trabajo. Y hacerlo como las personas merecen, como merecemos: quienes prestan el servicio y quienes lo reciben.

Somos personas que trabajamos para personas.

En condiciones de máxima dependencia y vulnerabilidad. En la cama de un hospital público, vestida con un camisón que deja ver toda la belleza de un cuerpo mayor, vivido y con ganas de seguir aquí, compartiendo el cariño de una sonrisa o de una broma sobre su mala pata. La segunda cadera rota. Pero duele menos, porque el deterioro cognitivo preserva en cierta media de la sensación de dolor. Y ya no recuerda ni que se ha caído, ni dónde está o qué es lo que quería celebrar todos juntos. Pero sí sabe quién es y, sobre todo, quién era de pequeña, de muy pequeña. Un historial de varios párrafos que se resume en: necesita ayuda para todo el desempeño de su vida diaria.

Cuando tus manos y tus pies, para salir al encuentro de tus necesidades, son los de otros.

Cuando tus palabras no son tuyas sino de ese interlocutor fiable, amable y cálido o esquivo, desaparecido e inexistente.

Cuando tus oídos y tus ojos han de escuchar y ver lo que otros deciden.

Cuando esos otros no deciden para ti pero sí por ti.

Cuando la vida te lleva y te trae a su antojo, como hace la vida, que se vive a sí misma en cada una de las historias que creemos la nuestra.

¿Cuántas sugerencias y reclamaciones serán necesarias para que cada uno haga lo que tiene que hacer? Trabajar desde el compromiso con su vocación, con sus compañeros, con su empresa, con lo público, con los pacientes, con los mayores y con los vulnerables, con su propio trabajo, consigo mismo.

¿Qué te permitiría hacer lo que de verdad tu vocación te dice?, ¿qué te impide hacerlo?

El único compromiso que no depende de nada externo a mí, es el que se basa en lo que quiero hacer y cómo, en ser un profesional que se respeta a sí mismo y da lo mejor de sí mismo. Ese compromiso es mi compromiso conmigo mismo. Y ese es mi máximo valor.

 

Calidad asistencialQuizá tú también lo sepas. Tú, que escogiste ese trabajo de atención y cuidado a quienes más lo necesitan. Era tu compromiso vital. Pero quizá no lo tienes presente en un día a día duro, complicado, con falta de recursos y motivación.

 

¿Qué te haría recuperarlo? ¿A qué esperas para devolver a tu vida eso que estaba dentro de ti cuando tomaste la decisión de trabajar en la sanidad pública?

A veces, hacemos pagar a otros lo que es responsabilidad de otros muy distintos. Pero es tan fácil.

¿Cuánto tiempo más vas a dejar que tus palabras se dirijan contra y no a favor de tus valores?, ¿y que tus actos sean incongruentes con ellos, con los que reclamas para ti?

¿Cuántos procedimientos, instrucciones de trabajo, estándares y protocolos hay que cumplimentar para hacer lo correcto?

Qué oportunidad perdida cuando hay que poner por escrito lo que las palabras dejan de decir: me merezco ser tratada con dignidad y tú también.

Una dignidad llena de competencia y respeto.

Si no estás a gusto con tu trabajo, cambia de trabajo para que otra persona con competencia, con aptitud y actitud para desempeñarlo, lo haga.

Y si no puedes cambiar de trabajo, ¿qué estás dispuesto a hacer para sentirte mejor y que los pacientes y sus familias reciban el trato profesional que se merecen, el que tú escogerías para ti y los tuyos?

 Lo que damos es lo que recibimos. ¿Tú, no te lo mereces?

Si no estás dispuesto a atender al paciente, no digas que lo atiendes señalando un letrero con un horario.

Si tienes que ocultar tu nombre, reflexiona sobre tus acciones.

Si la justificación con el mal desempeño es la falta de presupuesto, porque se lo han llevado otros o porque todo el mundo lo hace igual, revisa tu vocación, tu compromiso y deja espacio a que otro con compromiso auténtico, lo ejerza.

 Si tu desempeño lo justificas con otra justificación, revisa tus creencias. Estas yendo en contra de tus principios y tus valores, y eso te hace sentir mal. Esa actitud influye en tu aptitud. La capacidad de afrontar con éxito el trabajo la determina el motor interno, la voluntad de querer, de querer hacerlo bien.

Cuando no respetamos al otro, ¿quién nos respeta?

Perdemos la oportunidad de respetarnos cada vez que faltamos al respeto al otro. Nos faltamos al respeto cada vez que dejamos de dar al otro todo lo que nuestro trabajo merece, toda nuestra competencia profesional, nuestro saber hacer y nuestra atención.

Una llamada a ese respeto es una llamada a la consciencia, a estar atentos a lo que de verdad importa, personas trabajando con y para personas.

Desde el servicio público, tenemos la oportunidad de demostrar que las circunstancias las creamos cada vez que hacemos realidad ese trato de calidad, ese respeto y esa competencia profesional puestos al servicio del otro, para ese otro y para mí. Porque yo también soy persona.

 Somos personas y trabajamos con co-razón.

Te propongo indagar en esto para reencontrarte contigo mismo y avanzar hacia alcanzar tus objetivos de la mano de tus auténticos valores. ¿Quieres? Haz click aquí y encontrarás un ejercicio que te ayudará a revisar tus creencias.

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El valor del cambio

Por miércoles, diciembre 3, 2014

Estamos aquí, de nuevo juntos, a propósito de algo que me interesa para mi vida y que te ofrezco como reflexión en voz alta, pensando sinceramente que a ti también puede interesarte.

¿Te animas a seguir leyendo sobre esta especie de rompecabezas que te propongo en el título?

Cuántas veces hemos visto la palabra cambio en rótulos publicitarios, en textos sobre desarrollo personal, en informes profesionales. Figura en todos los contextos sociales: en el mundo de la empresa, en el de la investigación, en el de la cultura, en el del ocio. En el de la política, la religión o el deporte, las tres cosas sobre las que recomiendan no hablar si se quiere evitar el conflicto, ¿quizá, el cambio?

Cuántas más la hemos oído en todos los tiempos verbales. He escuchado y he pronunciado la palabra cambio o cambiar con énfasis, con duda, con tristeza, con desánimo, con imposición, con nostalgia, con fuerza, con alegría, con impertinencia, con interés, con desazón, con angustia, con rabia, con asco, con prudencia, con ilusión, con temeridad, con…

“…yo no puedo cambiar…, tú deberías cambiar…, ¿cuándo vas a cambiar?, entonces sí podía cambiar, ¿de qué sirven tantos cambios?, que cambien ellos, ¿cambiar?, otra vez con lo del cambio a cuestas, otro cambio más, soy así y no voy a cambiar, ¿desde cuándo es necesario que cambie?, me encantan los cambios, la vida es puro cambio…”

En familia o con amigos o incluso nosotros solos, habitualmente hablamos de cambio, de lo que se puede o no cambiar, de quién debería hacerlo, de quién no puede, de cuándo nos proponemos hacerlo, de… Y todo esto, ¿cómo nos hace sentir?

¿Qué ocurre habitualmente tras pronunciar la palabra cambio? Sí, eso, lo que acabas de pensar, la resistencia al cambio.

¿Y tú, necesitas un cambio?, ¿a qué te arriesgas con él?, ¿de qué te proteges sin él?

Cambiar, ¿para qué?

¿Lo has pensado alguna vez antes de hablar sobre el cambio?

“Ah, yo sí, cambiar para mejor, si no, no merece la pena.”

¿Cuántas veces hemos hecho promesas de cambio a otros, a nosotros mismos, sin que se hayan cumplido?

¿Hacia dónde nos conducen esos propósitos personales de cambio, esas expectativas puestas en otros? O si lo ves mejor así: ¿de dónde nos apartan?

¿Qué necesitamos para que sean reales?

Un paso. El sencillo hecho de mirar hacia donde queremos ir, tomar impulso, levantar el pie y adelantarlo al otro.

No imaginamos cuántos mensaje internos ha descifrado nuestro cerebro y transformado en acciones: impulsos nerviosos, eléctricos, bioquímicos, endocrinos, musculo-esqueléticos… Los componentes de nuestro organismo al servicio de un pensamiento que genera una emoción que conduce a un comportamiento.

La magia de la vida. El valor para hacer lo que queremos hacer, en el momento apropiado.

¿Y cuál es el mejor momento? Éste, no hay otro. El momento en el que se acallan todas las dudas, el de la acción, cuando hemos puesto valor en ello. El momento en el que nos hacemos conscientes del valor que obtendremos y el que aportaremos con lo que hagamos.

Dar y recibir, en un intercambio dinámico con la vida, con quienes la compartimos, con quienes han elegido cruzar sus vidas con las nuestras, y a quienes hemos aceptado, durante un instante o una eternidad.

¿Quién es el que da ese paso? Yo, en primera persona del singular. Quizá titubeante, quizá apoyada en una muleta o en un andador, pero será mi pie el que empiece a caminar, al ritmo y con la intensidad que en ese momento pueda imprimirle. Y luego el otro y el otro y… hasta llegar hasta donde he decido, mi meta. Yo respondo de mis pasos, como de mis otras acciones, entre ellas lo que digo, incluso en silencio, incluso a mí misma. Soy responsable por completo de mí, de lograr ese cambio si es que de verdad tiene valor para mí y para mi vida, cuando tengo el valor de planteármelo como mi objetivo.

 ¿Recuerdas el título?

Lo primero que necesito es saber qué aporta ese cambio, qué me aporta a mí y qué aporta a los demás, su valor. Lo segundo, tener el valor de hacerlo.

Y ahí están mis células impregnadas con ese valor añadido, respondiendo a mi decisión de cambiar. Y de ahí la emoción que me mueve a actuar para conseguirlo. Y las acciones que se convierten en hábitos hasta alcanzarlo.

No quiero seguir llevando una vida sedentaria.

Quiero una vida más saludable.

Quiero hacer más ejercicio físico.

Voy a andar 30 min cada día.

A las 20:00h salgo con Cleo a pasear por el parque, mientras siento y pienso…

Y si nada cambiara, ¿qué pasaría?

Si yo cambio, mi mundo cambia.

Hasta el próximo encuentro, que tengas un bonito cambio con todo el valor del cambio necesario.

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Gracias,  

Por miércoles, diciembre 3, 2014

Gracias,

Había escuchado muchas veces esta palabra y también la había pronunciado. Hasta que me di cuenta de lo que me hacía sentir, desde entonces…

 Ésta es la pequeña historia de un gran descubrimiento.

¿Desde dónde?, para empezar por donde muchos eligen…

“La palabra gracias proviene del latín gratis, tus. Y ésta, del griego jaire. En ambas lenguas significa gratuito, sin coste. Por extensión, podemos decir que es algo que nos viene dado sin pedir o dar nada a cambio.”

En vez de buscar en un diccionario y perderme en propuestas de significados y de orígenes, he preguntado a mi referente en esas cosas profundas del pensamiento que tanto nos gustan a los dos. Esta búsqueda es más divertida, es jugar con los significados a partir de lo que han pensado otros y encontrar lo que tienen de valor para nosotros.

Prefiero aprender de quien sabe más que yo y disfruta explicándomelo. Además de compartir el aprendizaje, ha sido otro momento gratificante para poder compartir un poquito más de vida.

Para llegar a escribir esto que ahora comparto contigo dentro de esta comunidad que hago tuya, voy de la mano de una experta en hablar con otros a través de este medio infinito, casi sin límites, que nos permite estar junto a cualquiera en cualquier momento en cualquier lugar. Gracias a ella también.

¿Qué puedo hacer diferente?, ¿cómo puedo mejorar? A cada rato, escuchando el ejemplo de quienes me enseñan con sus propias vidas. Un silencio cómplice y una palabra retadora, un abrazo y un poner las cosas claras, para no esconderme y mirar la vida como es. A quienes quiero por lo que me hacen ser. La amistad incondicional, con cada uno de sus nombres.

La excelencia en su profesión, con una generosidad sin límites que comparte conmigo, tiene el nombre de una mujer, tan sencilla que sólo su grandeza la hace pasar desapercibida. Me enseña a dar siempre lo mejor, en un trabajo científico, en un roscón horneado en casa, en un paseo por la sierra, en algo que ha encontrado…para mí. Gracias.

Para mí, la vida está llena de referencias, de signos que me señalan caminos por los que ir y a los que no volver. Y de personas que han salido a mi encuentro para hacer de ese camino el que me lleva a donde de verdad necesito y quiero llegar, a lo mejor de mí.

Antes, hace un ratito ya en mi vida, pensaba que algunos de esos signos estaban equivocados y que las personas que encontraba no eran las que necesitaba. Desde que conocí a otra de esas personas clave en mi vida, mi referente en el desarrollo personal, comprendí que todo lo que me sucede, todo, “pero sólo en el 100% de las veces”, como ella dice, es lo que tiene que ser, porque es lo único que es. Agradecer a la vida que me trae lo que necesito. Querer lo que la vida me da, y me dará lo que quiero. Así de simple, amar lo que es.

Alguien que me enseña a cada paso, a quien agradezco su respiración profunda, incluso sus ronquidos y sueños —por no contar más intimidades minúsculas y mágicas—, acurrucada en mi regazo, es otro de mis grandes referentes en la vida. Mi perrita. Ella sí que es una maestra en amar lo que es, sin más.

Me encanta disfrutar el aprendizaje. Me apasiona aprender disfrutando. A estas alturas de mi vida, sólo me permito hacerlo así. Sea lo que sea que quiero aprender, lo transformo en un juego, en un momento de recreo entre las obligaciones de cada día, a las que prefiero llamar decisiones que elijo.

Si me levanto y voy a trabajar es porque así lo decido. Si acompaño a mi madre en este momento de su vida de tránsito entre lo que su memoria le permite reconocer y lo que la está abandonando, es porque elijo estar a su lado. “Si…es porque sí”, sencillamente, lo elijo. Y a ella, mi gratitud absoluta, con un río de agua salada desbordándose en mi mirada.

Agradezco la confianza de quien la deposita en mí haciéndome sentir como él me ve. Lo que me acerca cada vez un poquito más a quien yo quiero ser. Agradezco su lealtad de “niño con ganas de aprender”, al lado de una “niña con ganas de enseñar”, como nos dijo una alumna. Gracias también a ella y a todos los que me permiten aprender enseñando.

Y un abrazo y un silencio y una escucha y una palabra de reto y…estar a mi lado cuando nos divertimos, cuando la tristeza me invade, cuando…lo necesito. A todas esas personas que entraron en mi vida por el portal grande o por la puertecita de atrás, gracias, mis amigas, mis amigos.

Al terminar este texto, se lo leeré a alguien que me va a decir lo que de verdad le parece, sin halagos. Y como es visual más que auditivo, se lo mandaré para que le “eche un ojito”, como él dice. Confío en su criterio y en su cariño para decirme lo que necesito. Es otro de mis referentes. Gracias por estar ahí, aquí.

Confiar y compartir son palabras que están a cada rato en mis manos y en mis labios, al escribir, al hablar. Te invito a que las uses desde el corazón, con toda la lógica del mundo. A mí me sirven, quizá a ti también, para hacer más grande mi realidad, para incluir a otros, a quienes agradezco su paso por mi vida.

A mis referentes, a todos los signos de mis caminos, a los que mis células recuerdan su nombre, incluso a los que he olvidado, gracias.

Para terminar, ¿hacia dónde?… Por donde tú decidas.

¿Te gustaría descubrir tu propio mapa de agradecimiento y experimentar lo que ves, lo que escuchas y lo que sientes cada vez que dices gracias?

Agradecer es un regalo que vuelve a mí como un boomerang con toda la fuerza del corazón del otro.

 

Gracias por tu mirada y tu escucha.

 

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Te invito a un VIAJE juntos

Por lunes, diciembre 1, 2014

Hola,

A ti, que viajas por este universo de ecos de palabras que nos escribimos en busca de un destinatario. A ti, que acabas de aterrizar entre estas líneas, gracias por tu visita.

Estás en un espacio de creatividad y crecimiento que te llevará hasta donde decidas llegar.

A lo largo de estas páginas, que recorrerás a tu ritmo, quizá encuentres justo las preguntas que te ayuden a dar tus propias respuestas.

¿Te atreves a explorarlas?

En ellas hay experiencia y conocimiento, saber y habilidad, entretejidos con una pizca de pasión y humor, la suficiente como para que disfrutes de un paseo por la orilla de un mar que te habla con el rumor de sus olas sobre la arena.

Aquí hay propuestas para la acción a través del coaching, de aprendizaje para la transformación, de comunicación eficaz. Y todo esto, ¿para qué? Para alcanzar nuestros objetivos, para estar a gusto, ¿para qué más?, ¿cuáles son tus palabras?, ¿cómo describirías eso que hay detrás de lo que decimos, eso que ocultan nuestras conversaciones habituales, las tuyas?

 Escucha, escúchate.

Te invito a un viaje juntosA lo largo del viaje por estas páginas, aprenderemos a mirar el mundo para ver lo que antes no veíamos. A escuchar lo que no podíamos oír. A sentir lo que desconocíamos. A descansar del ruido y las luces estridentes y las emociones que colapsan nuestros sentidos. Y a apostar por nosotros.

Apuesta por ti, crea, asómate a tu interior y descúbrete. Todo está ya ahí.

Te acompaño en este maravilloso descubrimiento.

A tu lado, si me lo permites, caminaré para que seas tú quien decida su propio sendero, para descartar lo que ya no te sirve, para agradecer lo que ha sucedido y las soluciones que has dado en el pasado. Para mirar hacia el futuro afrontándolo con abundancia de posibilidades, de opciones, para elegir la más adecuada a cada instante, la que te sirve a ti, aquí y ahora, para llegar a donde realmente quieres llegar. En plenitud de recursos, como vale la pena y la alegría de vivir.

Utilizaremos las palabras para describir eso que hay detrás de lo que ocultan ellas mismas, las que expresan pensamientos a los que nos apegamos, que no queremos como nuestros y que, a veces, ni siquiera lo son. Con las palabras, las nuevas, las elegidas desde la atención consciente, crearemos la realidad en la que queremos de verdad estar.

¿Cómo? Con confianza, con serenidad, en un juego en el que se dan la mano la experiencia y la aventura.

Como cuando éramos personas decididas a ser nuestro sueño, a vivir nuestra ilusión. De niños, correteando sin miedo a caernos, explorando la vida que se hacía más viva con cada paso que dábamos por ella, con cada caminar despacio o a zancadas subiendo escaleras. O gateando por el suelo de la cocina de mi casa y levantarme y… andar por primera vez, vacilante pero segura de conseguirlo.

Te dejo por un instante para que pasees por estas palabras y por los silencios que hay intercalados en ellas, a tu ritmo, según los latidos de tu corazón y los impulsos de tu mente atenta a descubrir…

…lo que estabas buscando…

…tu propio sendero por recorrer.

Nos encontraremos cuando quieras.

Aquí estoy, muy cerca de ti.

 María Luisa Martín Miranda

Coach para vivir el cambio

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