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Muñeco de nieve

Por Sábado, diciembre 20, 2014

“Nos gusta la Navidad”, leo en un enorme cartel al llegar al intercambiador de plaza de Castilla.

Me envuelvo en mi arcoiris de lana para coger el siguiente autobús. Un reflejo. He sacado el abono transporte y he cerrado el bolso granate que utilizo cada día. El regalo de cumpleaños de mi cuñada, un acierto. Dentro ha quedado el libro de coaching, el cuaderno y el móvil. Mi oficina portátil.

Cierro los ojos camino de un encuentro, como cada mañana de estos últimos cinco días y pico.

Desde la habitación del hospital, en un territorio ajeno, esperamos a que operen a mi madre. Con la navidad a la vuelta del fin de semana y el rabillo del ojo hacia otro encuentro, el de casa con la inocencia de mis sobrinos. Una mirada de ilusión tan bonita como sus abrazos. Una sonrisa de pillo reflejada en los adornos navideños que ellos mismos han hecho: campanitas-cápsulas de café pintadas con brillos de plata y lazos de oro con los que las han atado al árbol de todos los años. Como el belén que montaron de madrugada para mandarme la foto por el wha de su padre. Lo nuevo y lo viejo en armonía chillona.

Ésta es la navidad que me gusta. La de niña disfrutando de la ilusión del juego, con la creatividad y la energía de seis y once añitos. La de todos esos pocos años y mucha vida, toda por delante, toda por compartir.

Me enseñaron que la navidad tendría que celebrarse cada día en el corazón, de corazón. Me enseñaron que navidad es renacer a la vida en cada instante de ésta que se respira y se siente. Me lo enseñaron hace un montón de años y yo lo he aprendido hace un ratito.

munieco de nieves

Los pasillos están adornados con estrellas de lana y móviles de envases de magdalenas colgando de un hilo sujeto al techo. A los controles asoman una burra y un buey que se han negado a desaparecer, escoltando a unas figuritas de papel que acaban de ser padres. Ristras de espumillón bordean marcos y estantes y mesas. Los altavoces anuncian actuaciones para familiares y enfermos en el salón de actos. Hay carteles con cenas especiales para el personal.

Formalmente estamos en navidad.

En mi corazón, en este diciembre caluroso, que se suda en una silla de eskay setentera, están cayendo copitos de nieve, blanca, fría, crujiente. Y se están amontonando en forma de palabras bonitas con las que jugar a lanzarlas. Con suerte, estas bolas de nieve-palabras se estrellarán contra el cuerpo de mis compañeros de juego con un crepitar a palomitas de maíz. O caerán al lado de quienes pasan queriendo esquivarlas, en un silencio mullido.

Si recoges una de estas bolitas antes de derretirse en tus manos, puedes escuchar mi deseo: feliz navidad. Y si cae a tu lado, podrás leer en el suelo: …y un año nuevo en el que construir tus sueños y habitar en ellos.

Ahora, al hacernos una foto para mandársela a mis sobrinos, junto a la carita llena de miedo y esperanza de mi madre, hay un muñeco de nieve sonriente con una flor de pétalos redondos como canicas moradas en su escote y una rosa que se está abriendo en la diadema que lleva en el pelo, teñido de mechas rubias onduladas como las patatas fritas.

Me despido con el abrazo de un corazón de niña que sonríe, con las arruguitas de valentía de quien ya ha estado antes allí.

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