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Los Límites en Mi Vida

Por Martes, noviembre 17, 2015

En nuestro anterior encuentro hablamos de indagar en aquello que queremos que esté en nuestra vida y lo que no.

Espero que el ejercicio que te proponía te haya ayudado a descubrirlo. Yo, como te decía, lo sigo utilizando desde la primera vez en que aprendí con él a diseñar mis objetivos más personales, más íntimos, sobre los que menos había pensado pero los que más pesaban hasta entonces en lo que había hecho, como luego me he dado cuenta.

 

Al terminar, compartí también mi propia experiencia sobre el darme cuenta de eso bonito que hay en mi vida ahora, todo lo que me permito que entre. Y también aquello a lo que he puesto límites. Y es a propósito de esto último que te sugería que habláramos hoy.

¿Qué hay aquí y ahora en mi vida, lo quiera o no? Porque lo que hay es lo que, en alguna medida, he permitido que esté. Y quizá no ha sido de manera consciente, pero ha sido así.

Reconocerlo es dar un paso de gigante al descubrimiento de quién soy y cómo soy a través de la historia de mi vida.

Y el mayor descubrimiento es reconocerme como la persona que da significado, que interpreta eso que está en mi vida, ese hecho, esa circunstancia, esa relación. Éste es el primer paso, el trascendental, el que me hace responsable de cómo me siento, de qué papel sí he decidido interpretar: ¿víctima, quizá?

Las circunstancias de nuestra vida pueden ser tan duras como las que vivimos y observamos a nuestro alrededor.

Pienso en una persona que se ha quedado sin trabajo y que pasan sus días y cómo va sintiéndose con cada intento, con cada “no” que escucha.

¿Qué podría hacer diferente? ¿Cómo podría estar viviendo ese momento pero de una forma que no sea culpándome y culpando a tantos a mi alrededor, sintiéndome víctima y, por tanto, sin capacidad para cambiar?

Sí, asumiendo la responsabilidad del significado que le otorgo a esa situación y asumiendo que en mí está pasar de víctima a poder hacer: a experimentar lo que significaría sentirme competente y válida, quererme, respetarme, cuidarme. A esto lo llamamos autoestima, valorarme yo.

 

Si me doy permiso a ser válida podré hacer cosas diferentes, seguir preparándome, quizá dar un rumbo diferente a mi orientación laboral, buscar otras posibilidades.

 

Si creo que no puedo, lo que encontraré también, seguiré encontrando en mi vida que: no puedo.

La vida se encargará de confirmar todas mis creencias.

 

Se trata de explorar nuestra responsabilidad frente a las infinitas posibilidades.

 

Es verdad, es muy importante ese matiz, tanto que a mí me ha impedido ver que era yo quien lo permitía, incluso con tanto sufrimiento, con tanto dolor añadido al dolor.

Y es verdad que mostrando a los demás, ahora a ti, que me lees o escuchas estas palabras, porque antes me lo he mostrado a mí misma: cómo el poder verlo desde la “abundancia”, desde mis posibilidades, es lo que me ha permitido hacerme cargo de mi responsabilidad y ver lo que no estaba haciendo y lo que sí podía hacer. Qué dejaba de escuchar, a quién dejaba de escuchar: a mí, a mi sabiduría, a la que no reconocía ni valoraba, y a otros que me podrían estar acompañando de otra manera, la que yo necesitaba para cambiar.

Es cierto, a veces, muchas, nos llegan cosas que hubiéramos preferido descartar antes de que entraran, y que incluso tratamos de ignorar cuando ya son una realidad en nuestras vidas.

 

A mí, hablando en primera persona del singular, como he aprendido a hacer, algunas de esas veces me habría gustado ser una de esas niñas que hacen gimnasia rítmica, tan flexible y elástica como para sortear esas cosas que hubiera preferido no tener en mi vida. Esquivarlas con un movimiento de mi cintura, para que pasaran de lado. O dando un salto por encima, impidiendo que chocaran contra mí.

 

Pero no ha sido así y eso que no quería me ha dado de lleno en el cuerpo, en el corazón y en la mente. He sentido, he pensado y he actuado condicionada ya por esa presencia de algo no deseado.

Como por ejemplo, cuando un mismo tipo de persona ha estado en mi vida. Y me preguntaba por qué siempre me tocaba a mí y por qué no me llegaban otras. He ido repitiendo ese modelo de presencia, de relación hasta que……..me he dado cuenta, hasta que le he puesto conciencia, he enfocado sobre mí y no sobre los demás.

 

Sí, como puse esa consciencia en lo más doloroso que me ha sucedido: la ausencia de una persona querida, a la que no he sabido dar todo lo que se merecía y que me merecía yo también, o eso pensaba en aquel momento. Éste es otro ejemplo de mi vida: mi padre, ya presente para siempre en ella, con todo mi amor, a pesar de todo el llanto, de todo el dolor de la separación, de su muerte.

 

Darse cuenta, aquí empieza el desarrollo personal. Mirar, mirarse, indagar en qué hago, cómo lo hago, qué valoro, qué creo, quién soy. Darme cuenta.

 

Si me doy cuenta, si me veo, me escucho y me siento, ya no puedo cerrar los ojos, taparme los oídos y la boca, y hacer como si nada hubiera pasado. Porque sí ha pasado. Y, afortunadamente, lo he visto, escuchado y sentido ya. Y de eso puedo aprender. Porque se convierte no en algo que quiero sacar de mi vida, sino en algo que está en ella para que yo comprenda algo muy concreto, para que aprenda.

 

Ahora puedo trabajar frente al espejo, viéndome a mi misma, escuchando mis propias palabras, mis pensamientos, mis sensaciones, mis emociones, mis sentimientos. Y puedo aceptar que eso que está en mi vida, que condiciona mi forma de hacer, incluso de sentir y pensar, es porque yo he permitido que esté.

En nuestro anterior encuentro hablamos de indagar en aquello que queremos que esté en nuestra vida y lo que no.Darme cuenta y aceptar para poder cambiar lo que decido y quiero cambiar, como por ejemplo, no seguir permitiendo que ese tipo de relaciones se den en mi vida.

 

Ahora aprendo a poner límites, no a los demás, sino a mí misma. No es que no permita a otro que entre en mi vida, es que yo no me permito a mí misma entrar en ese tipo de relación. Y elijo cómo sentirme y qué significado otorgo a eso que sucede, descubriendo para qué me sucede, no porqué, sino buscando lo que me lleva a estar mejor, a ser mejor, al futuro, sin necesidad de justificarme ni culparme a mí ni a nadie, aprendiendo. Para qué es la pregunta del cambio, del logro.

 

Así, todo el peso de la responsabilidad sobre mi vida vuelve a estar en el centro de ella: en mí. Así, vuelvo a recuperar mi presencia absoluta en ella. Así, cojo las riendas de mi vida o, simplemente, el mando de la tele, ese con el que cambio de canal cuando algo no me gusta o con el que selecciono esa película que me intriga, ese programa que me interesa o esa tontería que en ese momento me distrae. Sea lo que sea, soy yo la que escoge, la que se pone límites a ver y no ver. A irse a la cama antes para descansar mejor y estar más despierta al día siguiente.

 

Con esta forma de estar en mi propia vida, de ser más consciente, aprendo a aceptar lo que la vida me da, confiando en el aprendizaje que me reserva, en ese regalo que supone cada entrega de la vida. Ahora, las personas y las situaciones serán mis maestras y el patio del colegio en el que juego y aprendo.

 

Esta manera de entender mi vida me da permiso a vivirla desde la confianza y no colocándome a la defensiva, protegiéndome, intentando evitar lo que llegará si necesito aprender algo. Y sin enfundarme en una coraza que sólo me aísla a mí, que es a mí a quien hace daño e impide sentir, respirar, tocar, oler, disfrutar.

No necesito protegerme, sino estar preparada, con los ojos abiertos, despierta, y el corazón sereno y apasionado, dispuesto a esperar lo mejor, y la mente despejada, sin telarañas que me oculten lo que antes me decía que prefería no ver.

Me acuesto y me levanto despierta, atenta a lo que el nuevo día me trae, preparada para recibir su regalo y disfrutarlo, en plenitud de recursos para celebrarlo. Buscando el para qué en cada pasito que doy.

 

Esto me encantaría que lo siguiéramos hablando, quizá en el próximo encuentro en nuestro rincón, el de Cleo.

 

 

 

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La Mirada del Otoño

Por Lunes, octubre 19, 2015

Llevaba un tiempo pensando cómo empezar este curso y de repente me encontré en la primera mañana del otoño escribiendo sobre qué quiero en mi vida y qué tengo en ella.

Mi mochila se está vaciando, como la ropa de mis armarios. Pero esta vez, no la llenaré de inmediato con sustitutos ni sucedáneos, por muy de moda que estén o por mucho que me apetezca o porque es lo que se espera de mí. Esta vez, la llevaré vacía para que quepa lo que la vida me traiga. Esta vez mis armarios acogerán lo que necesito y no lo que me gusta, aunque no llegue a usarlo.

Cada otoño desde que tenía cinco años, vuelvo al cole. Cuando empecé a darme cuenta, a entender que después de las largas vacaciones con mi familia, tocaba separarme durante el día de ellos y salir al encuentro de otras personas, mis compañeras, mis profesores, las monjas, los niños del colegio de curas que nos esperarían a la salida para levantarnos las faldas. Algunas de esas personas se convertirían cada año en amiguitas, algunas lo son aún, mis amigas. Otras me enseñarían lo que aún recuerdo y lo que he olvidado que sé. Como el conductor de aquel autobús que nos llevaba al colegio cada mañana. Un día crucé por delante, al bajarme de él corriendo hacia la entrada de mi cole. Cuánto se enfadó y cómo me gritó que no lo volviera a hacer. Experimenté lo que suponen las prisas y poner la intención en algo que aún no ocurre y que me distrae del presente. En aquella ocasión el peligro real que corrí fue ser atropellada y, sin embargo, el que mi mente temía era el de llegar tarde a clase.

¿En dónde estaba puesta mi mirada y mi energía? ¿Puedes encontrar algún momento tuyo en el que tu atención estuviera en otra parte y no en lo que te estaba pasando?, ¿qué te supuso?

A la vuelta del paraíso verde en el que transcurría la vida de mi familia como “veraneantes” y al que sigo regresando todos los años, un día me di cuenta de que me encantaba ese nuevo comienzo, de que el verano había pasado pero el cielo se seguía pareciendo al de las vacaciones, gris y húmedo. Sin sentir la pérdida, al contrario, con toda mi energía puesta en mi auténtico año nuevo: el otoño y la vuelta al cole.

¿Qué sucede cuando acepto lo que ya ha pasado y me enfoco en lo que ahora demanda mi atención?, ¿qué pasa con mi energía? Te invito a que encuentres un momento en tu vida en el que hayas estado centrada, atenta a lo sucedía en tu vida, dejando ir lo que ya había pasado.

Estaba deseando organizar esa vuelta al cole, forrar lo libros, preparar los cuadernos, los lápices, la cartera, el uniforme, todo lo que aprendería, todo lo que me esperaba por descubrir. Era como planificar un viaje lleno de ilusión. ¿Estarían mis amigas?, ¿qué profesores tendría?, ¿serían difíciles las asignaturas?, ¿a quién conocería?, ¿me gustarían?

Recuerdo ir a la librería y a la papelería con mi padre. Lo recuerdo como si lo acabara de hacer. Y me veo en la mesa grande del comedor al lado de mi madre, ordenándolo todo, preparándolo para el primer día. ¡Qué emocionante! El olor de las páginas llenas de tinta nueva de apenas dos colores. El sonido de los lapiceros de colores al chocar entre sí dentro del portalápices. Este año, de tela negra y roja con cremallera, grande. Ya no me valía el rígido que usaba antes. Metería en él también un sacapuntas de metal, en vez del cisne de plástico que me trajeron los reyes un año, y un borrador para lápiz y boli, en lugar de la goma de nata. El cuaderno que escogí esa vez era de anillas con separadores de colores para cada asignatura y se podía cerrar con una solapa. Con la dymo le puse mi nombre en la parte delantera, arriba, igual que a los libros después de forrarlos. MMM, escribía mi madre en la cinta de tela que cosía a los “babis” para que pudiera colgarlos. “Eme al cubo” me han llamado alguna vez. Hoy, en mi trabajo, una compañera me ha dicho: “¡cuántas emes en tu nombre!”. Y yo he recordado con una sonrisa de ternura y admiración a aquella niña que hoy sigue preparando su vuelta al cole.

¿Puedes ver a esa personita que hay en tu interior?, ¿cómo te relacionas con ella? Prueba a darle tu cariño de persona adulta, tu cuidado y tu agradecimiento por haberte traído hasta aquí. Y experimenta cómo te sientes después.

la mirada del otoño1Este año es mi vida, la de estudiante también la que preparo. Nunca he dejado de estudiar, aunque hace ya un tiempo que estudio cosas diferentes, cosas que no necesito tener en un papel con ningún crédito. Cosas que llevo en el corazón y en la mente y en el cuerpo, en lo que pienso, siento y hago.

Cuando me he puesto a pensar, sentir y hacer con estas cosas bonitas, me he acordado de cuando aprendí qué es lo que tengo en la vida y qué es lo que quiero tener en ella.

Te invito a que hagas el mismo ejercicio que hice yo entonces y que me planteo a cada paso que dudo o que me entristezco por lo que no tengo en mi vida, o, incluso, me enfado por lo que hay en ella.  Es un ejercicio de observación, de pararse por un momento y mirar.

¿Hacia dónde estás mirando y qué estás dejando de ver?

Cuando me pregunto esto me puedo dar cuenta de qué estoy echando en falta: el verano que ha acabado, las vacaciones pasadas que maquillo, el despertador que suena implacable cada mañana, el dolor de espalda que noto a ratos, los dos kilos que digo que me sobran, una conversación de trabajo que no me gustó, el trabajo de casa sin ayuda, la ropa que he dejado en la lavadora, el sueño sin soñar…

Agotada y sin energía es como me acabo de quedar, porque la he ido dejando en cada uno de estos pensamientos vampíricos. Al menos no he escrito que me roban, como si alguien superior a mí tuviera el control de mi vida. Al menos, soy consciente de que soy yo la que permito a esos vampiros chuparme la energía que necesito para mirar hacia…

¿Hacia dónde crees que estaba mirando? Sí, exacto, hacia lo que no me gusta, hacia lo que echo en falta.

Ésta es mi propuesta, recoge en un papel todo lo que te salga de estas cuatro miradas diferentes:

Lo que quiero y tengo.

Lo que no quiero y no tengo.

Lo que quiero y no tengo.

Lo que no quiero y tengo.

 

¿Qué te ha costado más pensar?, ¿qué ha sido más fácil?, ¿de qué te has dado cuenta?, ¿qué cambiarías?, ¿por dónde vas a empezar?

Cuando me fijo en lo que creo que carezco, dejo de ver lo que sí tengo. Cuando la mirada está en la carencia, la abundancia no existe.  Cuando mi energía se pierde, se malgasta en lo que no es de valor en mi vida, no dispongo de más para emplearla en alcanzar mis sueños y estar, en este momento, sin más, presente para mí, para darme lo que necesito, disponible para aceptar, para aprender, para crecer, para ser, sin las expectativas que han puesto otros en mí, o incluso yo, copiándoles a esos otros.

Cuando vuelvo a mirar a mi vida, me doy cuenta de todo lo bonito que hay en ella y todo lo que me permito que entre. Y también todo aquello a lo que he puesto límites de entrada.

Y de esto hablaremos otro día.

 

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¿Discapacidad?

Por Martes, febrero 17, 2015

Acabábamos de llegar de un largo viaje a la vuelta de la esquina. Ahora, cada pasito que dábamos juntas se convertía para ella en una prueba de resistencia, en su triatlón particular. Era una campeona.

Llevaba todos sus años a cuestas, aunque cada vez el pasado le pesaba menos y el futuro era tan inmediato que vivía en un ahora casi permanente.

¿Qué has comido hoy?, ¿vas al fisio esta tarde?, ¿qué tal la pelu? Eran preguntas sin sentido ya. La vida se simplificaba a cada rato.

Hace un momento, en la noche, cuando ya estaba acostada, sentada al pie de su cama, le preguntaba: ¿qué cosa bonita te ha pasado hoy? Y como ella prefería acordarse de lo malo —se había hecho una experta en encontrar lo peor de cada situación—, la pregunta siempre empezaba con la misma contestación: nada. Vale, pero si lo piensas un poquito más, ¿qué has hecho hoy?, ¿con quién has estado?, ¿te ha gustado la comida?, ¿has hablado con los niños?, ¿qué ropa te has puesto?… Y así, poco a poco, su mente iba encontrando recuerdos de un color diferente al negro zaíno. Su cara se iluminaba y una sonrisita pícara de niña pequeña preludiaba una tras otra respuestas alegres que a ella misma le sorprendían. ¿Tanto bueno me ha pasado?, quizá se preguntaba a sí misma. O quizá, como cogida en renuncio, pensaría algo parecido a “esta hija mía qué lista es, no me puedo escaquear”.

Tontunas que nos hacían el encuentro nocturno casi lo mejor de cada día. De ellas apenas hacía un momento. Sólo habían pasado unos pocos meses desde entonces. Desde aquel entonces en el que ella podía pensar en algo que había ocurrido y en algo que fuera a suceder más allá del día siguiente. Y este otro momento convertido en un ahora indivisible en fracciones de tiempo, por muy cercanas que estuvieran.

Me he puesto a escribir esto al llegar a casa con la certeza de que no iba a olvidar lo que me acaba de decir ella y que yo no había entendido, pero…no ha sido así. Sólo guardo el recuerdo de que en esa conversación había sido yo quien no la había escuchado ni, desde luego, entendido.

¿Tengo que preocuparme porque me vaya a pasar como a ella? No sé si sucederá. Lo que sí sé es que preocuparme por llegar a ese sitio no me garantiza no llegar. Y lo que es peor, cómo voy a renunciar a ir de una mano como la suya. Lo recorrería sin rechistar. Por lo que, si voy a llegar, gracias de antemano.

De su sonrisa se desprende una sensación con la que puedo andar la distancia que separa nuestras casas, incluso lloviendo, sin calarme más que de agradecimiento a la vida, a ella que la representa para mí.

De ella, con ella, por ella, para ella y para…mí, aprendo a hacer las preguntas que las dos necesitamos.

¿A quién ves ahora aquí contigo?, ¿quién es ésta que está a tu lado, escabulléndose entre los pliegues de la colcha?, ¿a quién escuchas?, ¿oyes ese ruidito de crujir de sábanas recién planchadas que haces al querer arrebujarte en ellas?, ¿tienes frío o estás a gusto?, ¿cómo te sientes?, ¿a qué te huelen mis manos?, ¿te gusta la crema con la que te acabo de dar le masaje en los pies?…

Cuantísimas preguntas se pueden hacer para centrar la atención en un aquí y ahora presente, eterno, el único momento de la vida que existe en la realidad. Tantas, como la mirada que compartimos ambas, del color de una comprensión que aprende a romper cualquier límite. Una mirada que sabe a aceptación, tierna y firme.

Quizá en otro momento, que espero para un poquito más adelante, aunque prefiero no esperarlo, quizá a la vuelta de otra esquina, las preguntas dejarán de tener sílabas y se pronunciarán con sonrisas calladas y besos sonoros. Y será como volver a gatear por los pasillos de casa bajo la mirada de quien más nos quiere. Y las respuestas serán aún más cálidas, guardando en cada gesto la esencia de todos los gestos bonitos vividos juntas.

Y no habrá preguntas, sólo un estar ahí. Presente y totalidad.

Pero eso será otro día. Ahora y aquí, andamos balanceándonos entre ambas piernas, como en una borrachera de niña pequeña que no acaba de caerse y que, si lo hace, se levanta con un resorte de risa espléndida y mágica.

<<Te propongo un ejercicio>> para dejar de preocuparnos y empezar a ocuparnos de aquello sobre lo que tenemos capacidad de actuar e influir.

 

 

 

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El valor del cambio

Por Miércoles, diciembre 3, 2014

Estamos aquí, de nuevo juntos, a propósito de algo que me interesa para mi vida y que te ofrezco como reflexión en voz alta, pensando sinceramente que a ti también puede interesarte.

¿Te animas a seguir leyendo sobre esta especie de rompecabezas que te propongo en el título?

Cuántas veces hemos visto la palabra cambio en rótulos publicitarios, en textos sobre desarrollo personal, en informes profesionales. Figura en todos los contextos sociales: en el mundo de la empresa, en el de la investigación, en el de la cultura, en el del ocio. En el de la política, la religión o el deporte, las tres cosas sobre las que recomiendan no hablar si se quiere evitar el conflicto, ¿quizá, el cambio?

Cuántas más la hemos oído en todos los tiempos verbales. He escuchado y he pronunciado la palabra cambio o cambiar con énfasis, con duda, con tristeza, con desánimo, con imposición, con nostalgia, con fuerza, con alegría, con impertinencia, con interés, con desazón, con angustia, con rabia, con asco, con prudencia, con ilusión, con temeridad, con…

“…yo no puedo cambiar…, tú deberías cambiar…, ¿cuándo vas a cambiar?, entonces sí podía cambiar, ¿de qué sirven tantos cambios?, que cambien ellos, ¿cambiar?, otra vez con lo del cambio a cuestas, otro cambio más, soy así y no voy a cambiar, ¿desde cuándo es necesario que cambie?, me encantan los cambios, la vida es puro cambio…”

En familia o con amigos o incluso nosotros solos, habitualmente hablamos de cambio, de lo que se puede o no cambiar, de quién debería hacerlo, de quién no puede, de cuándo nos proponemos hacerlo, de… Y todo esto, ¿cómo nos hace sentir?

¿Qué ocurre habitualmente tras pronunciar la palabra cambio? Sí, eso, lo que acabas de pensar, la resistencia al cambio.

¿Y tú, necesitas un cambio?, ¿a qué te arriesgas con él?, ¿de qué te proteges sin él?

Cambiar, ¿para qué?

¿Lo has pensado alguna vez antes de hablar sobre el cambio?

“Ah, yo sí, cambiar para mejor, si no, no merece la pena.”

¿Cuántas veces hemos hecho promesas de cambio a otros, a nosotros mismos, sin que se hayan cumplido?

¿Hacia dónde nos conducen esos propósitos personales de cambio, esas expectativas puestas en otros? O si lo ves mejor así: ¿de dónde nos apartan?

¿Qué necesitamos para que sean reales?

Un paso. El sencillo hecho de mirar hacia donde queremos ir, tomar impulso, levantar el pie y adelantarlo al otro.

No imaginamos cuántos mensaje internos ha descifrado nuestro cerebro y transformado en acciones: impulsos nerviosos, eléctricos, bioquímicos, endocrinos, musculo-esqueléticos… Los componentes de nuestro organismo al servicio de un pensamiento que genera una emoción que conduce a un comportamiento.

La magia de la vida. El valor para hacer lo que queremos hacer, en el momento apropiado.

¿Y cuál es el mejor momento? Éste, no hay otro. El momento en el que se acallan todas las dudas, el de la acción, cuando hemos puesto valor en ello. El momento en el que nos hacemos conscientes del valor que obtendremos y el que aportaremos con lo que hagamos.

Dar y recibir, en un intercambio dinámico con la vida, con quienes la compartimos, con quienes han elegido cruzar sus vidas con las nuestras, y a quienes hemos aceptado, durante un instante o una eternidad.

¿Quién es el que da ese paso? Yo, en primera persona del singular. Quizá titubeante, quizá apoyada en una muleta o en un andador, pero será mi pie el que empiece a caminar, al ritmo y con la intensidad que en ese momento pueda imprimirle. Y luego el otro y el otro y… hasta llegar hasta donde he decido, mi meta. Yo respondo de mis pasos, como de mis otras acciones, entre ellas lo que digo, incluso en silencio, incluso a mí misma. Soy responsable por completo de mí, de lograr ese cambio si es que de verdad tiene valor para mí y para mi vida, cuando tengo el valor de planteármelo como mi objetivo.

 ¿Recuerdas el título?

Lo primero que necesito es saber qué aporta ese cambio, qué me aporta a mí y qué aporta a los demás, su valor. Lo segundo, tener el valor de hacerlo.

Y ahí están mis células impregnadas con ese valor añadido, respondiendo a mi decisión de cambiar. Y de ahí la emoción que me mueve a actuar para conseguirlo. Y las acciones que se convierten en hábitos hasta alcanzarlo.

No quiero seguir llevando una vida sedentaria.

Quiero una vida más saludable.

Quiero hacer más ejercicio físico.

Voy a andar 30 min cada día.

A las 20:00h salgo con Cleo a pasear por el parque, mientras siento y pienso…

Y si nada cambiara, ¿qué pasaría?

Si yo cambio, mi mundo cambia.

Hasta el próximo encuentro, que tengas un bonito cambio con todo el valor del cambio necesario.

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