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El ojo de boticario

Por Viernes, julio 10, 2015

Ética profesional y fidelización de clientes.

El cocodrilo esperaba colgado del techo su turno a que el mancebo acabara de convertir en polvo aquellas piedras resplandecientes. Se las había dejado su maestro dentro de un minúsculo saco, con la orden de triturarlas en el mortero de piedra hasta que se le cansaran las manos y sin desperdiciar ni un grano. Manejaba el pistilo como la mejor de las cocineras. Era una labor concienzuda. Al principio le pareció sencilla, pero no había nada simple entre aquellas paredes.

Las instrucciones de su señor eran muy estrictas. Él las acataba temiendo aquella mirada de reprobación que dejaba ver su rostro enjuto. No necesitaba ninguna palabra ni ningún gesto grandilocuente para entender cuándo se había equivocado. Mozos sobraban, sólo los espabilados podían estar a la altura de un oficio tan exigente.

El ojo de boticario.En este trabajo se vio rodeado de lo que al principio le parecieron utensilios de una extraña cocina. Pronto empezó a reconocer los rechonchos alambiques bajo un fuego contenido, goteando un líquido aromático que recogía en matraces y frascos de colores. Encajar el tapón de cristal esmerilado y pegar la etiqueta con el nombre, era el ritual siguiente. Culminarlo, le hacía sentir más cerca del reino de la Alquimia, ese arte mágico, y brujo para muchos, en el que habitaba su maestro. Aprendía de él en cada gesto, en cada frase que pronunciaba. Sus palabras le sonaban a ensalmos. Le recalcaba la importancia de escribir bien esos signos tan incomprensibles para la mayoría de los mortales. La primera vez que se lo dijo, sintió su cercanía al confiar en él una labor tan meritoria.

De entre todos los artilugios, los crisoles, puestos sobre hornillos a calcinar, le fascinaban. “Se quema lo viejo, el cuerpo que ya no vale, liberando así el espíritu”, le decía el boticario, refiriéndose al polvo blanco que quedaba en el fondo. Con una espátula, el mozo recogía el resultado de la incineración como si fuera su propia alma.

Todo tenía que pesarse escrupulosamente. Sabía usar bien la balanza, aunque fuera de aquel tamaño minúsculo para él, acostumbrado a la romana del mercado.

Los albarelos era lo que más llamaba la atención de las señoras que se atrevían a traspasar la espesa cortina de olores acres que rezumaban las paredes, en busca de sus afamados elixires. Aunque a veces esos olores eran tan dulces y amables como las maneras que sabía lucir su maestro.

En los anaqueles se apilaba el botamen de cerámica y de vidrio. De formas galantes, con pie y toca, adornados con flores y cintas, o rectos como soldados jóvenes y austeros como abadesas. Los había de todos los tamaños, encajados en rincones, supurando sus venenos, o relucientes y puestos a la vista, como majestades. Contenían las materias primas de la botica y los remedios ya dispuestos. Allí se podían encontrar pétalos o raíces de hierbas recolectadas como mandaba el canon botánico, o faneros y órganos de animales exóticos, y todas las preparaciones hechas según el arte. Los rótulos con sus nombres sonaban a canto gregoriano.

Al llegar a  la botica, el maestro le había enseñado el viborero y la lagartera. No sintió repelús, a él eso no le intimidaba. Ni tampoco se inmutó al ver el estanque plagado de sanguijuelas.

Aquel día, como si el habérselo mostrado le hubiera inspirando, el maestro sacó su libro de recetas, que llevaba siempre consigo, y apuntó algo para una poción, le dijo, mirándole con la esperanza de que llegara a ser su confidente.

El ojo de boticario.

Después del primer recorrido por las estancias de la botica y sus anejos, notó que el boticario lo miraba con otra cara, como con una curiosidad en la que podía haber algo de aceptación, la mínima para que volviera a la jornada siguiente. De eso hacía ya unos años. Aprendió rápido a cuidar la vida cautiva y peligrosa que se transmutaba en mágicos venenos en las manos de su maestro. Había oído hablar de las artes de aquel boticario mucho antes de servir a su lado.

El lapidario lo vio más tarde. No recuerda cuándo, pero sí el día que supo que en el armario labrado de madera y recubierto de pan de oro estaba el mayor secreto de aquellas estancias, el “ojo de boticario”. Era un domingo de Ramos, el día del Señor. Una mujer había corrido en busca de auxilio para su hijita. Era criada de una buena cliente suya, de las que pagaban bien y se mantenían fieles a sus remedios. Pero a ella no le hizo falta suplicarle. En el pildorero de porcelana, la chica se llevó el remedio santo, preparado para ella al momento. Aquel día, entendió qué significaba ser maestro. Y se llenó de orgullo de ser el simple mancebo de aquél tan grande.

En el cajón de doble cerradura del gran mueble dorado, el boticario guardaba bajo llave sus tesoros más valiosos. Corrían muchos rumores sobre lo que contenía. Algunos hablaban de la piedra de más luz nunca vista, capaz de convertir un burdo metal en oro. Hasta la fecha, a él nunca le hablada de eso. “Haz bien tu trabajo y aprenderás”, era lo que le repetía constantemente, como una melodiosa canción que acabaría calándole hasta los huesos.

Él aspiraba a llevar un día, en una de esas lujosas cajitas de madera policromada, el veneno que curara el mal que padecía su madre, de quien era el guardián de sus recuerdos.

 

Era el final de un día de trabajo y no sabía cómo continuar lo que acababa de escribir. Salí a pasear con Cleo. Estaba esperando a que cayera el sol para abordar el pensamiento que intuía quería liberarse de entre la telaraña de mi mente.

¿Desde cuándo no me dejaba sorprender?

¿De qué me sentía aprendiz? y ¿quién era mi maestro?

Notaba algo así como una ebullición de emociones. Como un borboteo ruidoso y sordo a la vez. Y, de golpe, algo parecido a una carrera de sensaciones. Las vi corriendo tras los pensamientos que se atrevían a salir de la cárcel en la que los había tenido cautivos con casi toda la razón.

Qué tonterías era capaz de pensar cuando dejaba de pensar. ¿Tonterías?

Si pudiera poner nombre a las emociones y si ellas se dejaran ver y tocar, ¿tendrían el color de las avellanas?, ¿sabrían a caricias?, ¿olerían a lluvia?, ¿serían grandes como gigantes o pequeñitas como briznas?, ¿me querrían decir eso que los pensamientos ocultaban?

Me dejé sentir y pensar por lo más inocente de mí, por la niña que paseaba a mi lado, la que llevaba a Cleo de su manita creyéndose mayor. Las tres caminábamos tan juntas que podía sentir el latido de un único corazón.

¿Qué es lo que me gustaría curar de mi vida?

¿Qué es eso que hago de lo que estoy orgullosa?

 

Haz bien tu trabajo y aprenderás, recordé.

 

Y tú, ¿qué secretos guardas bajo llave?

 

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Celebrar

Por Domingo, mayo 3, 2015

Un día y otro, una llamada y otra, un encuentro y otro, y yo seguía sin poder decir “te quiero”. Tan fácil, ¿no?

Sí, para mí era fácil no decirlo y estaba acostumbrada a pasar de eso que sentía como una ebullición que iba subiendo desde muy abajo y muy profundo y que casi dejaba salir en palabras. Pero no, no salían. Me lo proponía, de hoy no pasa, hoy se lo digo, “te quiero”, sin más. Y, de nuevo, no salían esas dos simples palabras de mi boca, acostumbrada a decir tantas otras.

Un día, compré, en un portal de ventas de internet, un servicio de limpieza integral del coche. Tenía un buen descuento y me había hecho a la idea de que si no era tan bueno el servicio, perdía poco. Llegar al sitio fue una odisea, casi pierdo la hora de cita, me lo advirtieron. Y si la perdía, no podría canjear mi compra más adelante, el servicio caducaba ese mismo día. Estoy acostumbrada, también, a perderme entre las pocas, para mí infinitas, posibilidades de perderse en una ruta con navegador.

¿A cuántas cosas más estoy acostumbrada a perder?

Esa tarde en que llegué a tiempo, después de mil vueltas alrededor, dejé el coche en la empresa y sin otro medio de comunicación, tuve que esperar dos horas en un polígono a que realizaran el servicio.

Puede volver en dos horas, me dijeron, al entregar las llaves. ¿Qué? Eso no estaba advertido en el anuncio ni tampoco lo pregunté yo, ni indagué en dónde estaba el sitio y qué había en sus alrededores.

Salí, cargada con el bolso y la cartera de trabajo, dispuesta a disfrutar de esos alrededores que me parecieron un páramo, desde luego por el frío. Justo al lado, casi puerta con puerta, había un restaurante de los que se anuncian como los mejores. Su nombre era muy conocido. Entré. Un café, por favor. ¿Lo puedo tomar en una mesa? El restaurante estaba vaciándose de comidas de directivos. Algunos alargaban una sobremesa con la bebida de moda que tomaban, sin humo, por supuesto, pero con la misma o mayor avidez que cuando casi todos fumaban.

Nadie me miró. Yo les observé a todos. Me divertía la escena. Apuré el café como si cada grano fuera tostado y triturado antes de hacer la infusión, especialmente para mí. Con azúcar moreno. Me imaginé con todos los derechos a estar allí. Un día volveré y consumiré su menú degustación, el de los anuncios en la radio. Estas cosas me las decía para no sentirme excluida, con derecho absoluto de usar esa mesa de ese comedor de 40 € mínimo el cubierto.

Allí empecé a pensar en que esta vez sí lo diría. Lo pensaba de otra forma, lo pensaba con el corazón y con las tripas y con algo más, algo nuevo. Un recurso que sabía utilizar en otros ámbitos de mi vida. En mi profesión, sin duda. En ella era una experta. Afrontar el reto. Me encantan los retos. Me apasiona la sensación de ir más allá de las posibilidades, incluso de las que nadie ve.

Decidí que esa tarde sería el momento de decirle: te quiero. Arriesgarme a salir de mi zona de confort, en la que la costumbre, aunque me duela, es la que conozco y es en la que me siento segura.

Después de sólo media hora de café a cubierto, salí a la calle, con más frío aún, en un anochecer de mediados de diciembre.

Llevábamos muchos años juntos, algunos en los que nos distanciamos. Yo me distancié para ser capaz de seguir queriéndole. El número de su móvil lo tengo grabado en “mis favoritos”. Lo seleccioné y esperé. Tardó una eternidad en contestar. Deja que suene, lo mira de lejos y…¿Sí…? Su pregunta, la de siempre, tuvo una contestación distinta, única. Te llamo para decirte que te quiero…

Qué anochecer tan bonito de agradecimiento. Una tras otras se fueron colocando las palabras entre nosotros como si siempre hubieran estado ahí para nosotros, esperándonos a compartirlas, a decírnoslas cuando nosotros estuviéramos preparados para oírlas.

Gracias, vida, por el amor que hay en mí. Gracias, amor, por la vida que me das.

Ha sido un punto de inflexión en nuestras vidas. Y tengo muchísimas ganas de volvérselo a decir.

Aquel día fue como entrelazar toda nuestra infancia juntos, nuestra adolescencia y los años que luego empezaron a separarnos, y tejer con ellos lo que nuestros nombres, los mismos, sienten, libres de egos, libres de personalidades. Tejer y retejer las veces que haga falta una vida llena de un amor que va más allá de lo que nos digamos, de lo que seamos capaces de decirnos con palabras.

celebrar día de la madreTe quiero y quiero seguir compartiendo mi vida contigo.

Hoy celebro el amor de mi madre que nos ama tan profundamente a los dos, que nos dio la oportunidad de conocernos y caminar por la vida sabiendo que el otro siempre estará ahí para mí, para él.

 

Hoy saldremos a celebrarlo.

 

Te invito a celebrar lo mejor de tu vida con quienes forman parte de ella. Y te invito a decírselo, a decírtelo a ti.

 

 

 

 

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El valor del cambio

Por Miércoles, diciembre 3, 2014

Estamos aquí, de nuevo juntos, a propósito de algo que me interesa para mi vida y que te ofrezco como reflexión en voz alta, pensando sinceramente que a ti también puede interesarte.

¿Te animas a seguir leyendo sobre esta especie de rompecabezas que te propongo en el título?

Cuántas veces hemos visto la palabra cambio en rótulos publicitarios, en textos sobre desarrollo personal, en informes profesionales. Figura en todos los contextos sociales: en el mundo de la empresa, en el de la investigación, en el de la cultura, en el del ocio. En el de la política, la religión o el deporte, las tres cosas sobre las que recomiendan no hablar si se quiere evitar el conflicto, ¿quizá, el cambio?

Cuántas más la hemos oído en todos los tiempos verbales. He escuchado y he pronunciado la palabra cambio o cambiar con énfasis, con duda, con tristeza, con desánimo, con imposición, con nostalgia, con fuerza, con alegría, con impertinencia, con interés, con desazón, con angustia, con rabia, con asco, con prudencia, con ilusión, con temeridad, con…

“…yo no puedo cambiar…, tú deberías cambiar…, ¿cuándo vas a cambiar?, entonces sí podía cambiar, ¿de qué sirven tantos cambios?, que cambien ellos, ¿cambiar?, otra vez con lo del cambio a cuestas, otro cambio más, soy así y no voy a cambiar, ¿desde cuándo es necesario que cambie?, me encantan los cambios, la vida es puro cambio…”

En familia o con amigos o incluso nosotros solos, habitualmente hablamos de cambio, de lo que se puede o no cambiar, de quién debería hacerlo, de quién no puede, de cuándo nos proponemos hacerlo, de… Y todo esto, ¿cómo nos hace sentir?

¿Qué ocurre habitualmente tras pronunciar la palabra cambio? Sí, eso, lo que acabas de pensar, la resistencia al cambio.

¿Y tú, necesitas un cambio?, ¿a qué te arriesgas con él?, ¿de qué te proteges sin él?

Cambiar, ¿para qué?

¿Lo has pensado alguna vez antes de hablar sobre el cambio?

“Ah, yo sí, cambiar para mejor, si no, no merece la pena.”

¿Cuántas veces hemos hecho promesas de cambio a otros, a nosotros mismos, sin que se hayan cumplido?

¿Hacia dónde nos conducen esos propósitos personales de cambio, esas expectativas puestas en otros? O si lo ves mejor así: ¿de dónde nos apartan?

¿Qué necesitamos para que sean reales?

Un paso. El sencillo hecho de mirar hacia donde queremos ir, tomar impulso, levantar el pie y adelantarlo al otro.

No imaginamos cuántos mensaje internos ha descifrado nuestro cerebro y transformado en acciones: impulsos nerviosos, eléctricos, bioquímicos, endocrinos, musculo-esqueléticos… Los componentes de nuestro organismo al servicio de un pensamiento que genera una emoción que conduce a un comportamiento.

La magia de la vida. El valor para hacer lo que queremos hacer, en el momento apropiado.

¿Y cuál es el mejor momento? Éste, no hay otro. El momento en el que se acallan todas las dudas, el de la acción, cuando hemos puesto valor en ello. El momento en el que nos hacemos conscientes del valor que obtendremos y el que aportaremos con lo que hagamos.

Dar y recibir, en un intercambio dinámico con la vida, con quienes la compartimos, con quienes han elegido cruzar sus vidas con las nuestras, y a quienes hemos aceptado, durante un instante o una eternidad.

¿Quién es el que da ese paso? Yo, en primera persona del singular. Quizá titubeante, quizá apoyada en una muleta o en un andador, pero será mi pie el que empiece a caminar, al ritmo y con la intensidad que en ese momento pueda imprimirle. Y luego el otro y el otro y… hasta llegar hasta donde he decido, mi meta. Yo respondo de mis pasos, como de mis otras acciones, entre ellas lo que digo, incluso en silencio, incluso a mí misma. Soy responsable por completo de mí, de lograr ese cambio si es que de verdad tiene valor para mí y para mi vida, cuando tengo el valor de planteármelo como mi objetivo.

 ¿Recuerdas el título?

Lo primero que necesito es saber qué aporta ese cambio, qué me aporta a mí y qué aporta a los demás, su valor. Lo segundo, tener el valor de hacerlo.

Y ahí están mis células impregnadas con ese valor añadido, respondiendo a mi decisión de cambiar. Y de ahí la emoción que me mueve a actuar para conseguirlo. Y las acciones que se convierten en hábitos hasta alcanzarlo.

No quiero seguir llevando una vida sedentaria.

Quiero una vida más saludable.

Quiero hacer más ejercicio físico.

Voy a andar 30 min cada día.

A las 20:00h salgo con Cleo a pasear por el parque, mientras siento y pienso…

Y si nada cambiara, ¿qué pasaría?

Si yo cambio, mi mundo cambia.

Hasta el próximo encuentro, que tengas un bonito cambio con todo el valor del cambio necesario.

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