Tag Archives Coaching

DIVERSIDAD

Por Martes, junio 21, 2016

“Mi libertad la encuentro cuando busco la tuya”

El respeto a la DIFERENCIA para enriquecernos con la DIVERSIDAD.

Hoy me gustaría empezar con música.

Uno de mis compositores favoritos es Tchaikovsky. Su concierto para piano nº 1 emociona cada célula de mi piel, es como una sensación que va creciendo hacia adentro, anclándose en el corazón para llegar con toda su pasión a la mente. Allí, sus notas se entretejen con mis sueños y mis sentimientos.

Al avanzar, la música va tiñendo de fuerza mi vulnerabilidad. Me reencuentro conmigo misma, con lo que deseaba de pequeña y con lo que aún espero de adulta.

Quizá nos sorprendería conocer cómo este extraordinario músico vivió la culpa de saberse diferente en un mundo que no aceptaba la diversidad ni siquiera de uno de sus elegidos. Su sentimiento impregnó de tristeza el valor que necesitaba para seguir viviendo en aquellas condiciones.

Por desgracia para todos, no ha sido el único que ha sufrido la discriminación y la intolerancia de quienes pretenden hacer del mundo el suyo propio, en el que sólo una voz y una expresión es la autorizada. En ese mundo gris y monocorde, el pasado domingo 12 de junio de este año 2016, en el siglo XXI, y en el mundo más desarrollado, un fanático acabó con la vida de unos inocentes a los que eligió para justificarse a sí mismo.

No necesitamos volver la vista atrás, aunque sea al maravilloso y dramático siglo XIX para encontrarnos con más de lo mismo: la intolerancia de quienes no se toleran a sí mismos y se juzgan portadores del derecho a arrancar el derecho más básico del ser humano, el de vivir como cada uno decide, desde la dignidad personal, desde su libertad. Desde una decisión que protege la vida propia, la identidad, la esencia de la persona, la mía y la de todos los demás, incluso la de esa que decidió sacrificar la libertad de otros y la suya propia en una calle de Orlando.

Pensamiento, emoción, imagen, palabras, voz, creencias, edad, funciones, sentimientos, historia, cultura, capacidad, lengua, género son algunas de las barreras que pretenden separarnos a los seres humanos y a la vida que se expresa a nuestro alrededor de la que somos garantes y usufructuarios. El derecho a vivir y ser pertenece a la vida misma. Cada uno de nosotros somos una de sus manifestaciones. A esto llamamos ahora diversidad.

Cuando comprendí esto, que somos formas de ser de entre las infinitas formas que la vida puede expresar, me reconocí como una más en la totalidad del universo, con el mismo derecho y dignidad a existir, desde quien soy, como soy.

¿Quién no quiere tener el derecho a ser?

¿Quién puede juzgarse por encima de otro a ser más o incluso a ser en vez de ese otro?

Cuando era adolescente, como tantos en esa difícil y apasionante etapa de la vida, desee no ser, incluso no haber llegado a ser. Me dolía mucho la vida. Y aún conservo su dolor.

diversidad1

Esta mañana, pensando en lo que me gustaría compartir con vosotros, lo recordé. Y entonces me pregunté: ¿qué hubiera sido de mi existencia de haberse terminado entonces?, ¿cómo habría sido mi vida de concluir con tan sólo quince años de experiencia?, ¿cómo es la que ya ha recorrido más de dos veces ese camino?, ¿en qué se diferencia?

La gran diferencia sería, ahora lo entiendo, que me habría privado de la libertad de ser mas allá de lo querido sin saber que podía no sólo llegar a quererlo sino a luchar por ello. A veces la vida me sigue resultando difícil vivirla y hay días que siento que no puedo con ella. Entonces, la pregunta es: ¿es verdad que necesito poder con ella?

Cuando regreso a mi esencia y desde ella observo mi mundo, puedo agradecer el milagro de ser, de estar viva y saberlo.  Estar viva en un mundo que va más allá del que yo interpreto. Un mundo construido con cada vida y presencia ajenas a mí, diferentes a mí. Es esa diversidad la que enriquece mi propio universo, la que lo expande.

Cuando me siento así, libre para ver más allá de mis propios límites, es cuando puedo comprender la grandeza de compartir otras emociones, otros colores, otros pensamientos y otras voces, incluso otros silencios que no son cómplices sino compañeros de mi vida.

¿Para qué renunciar a ser más y mejor, a poder ver con otros ojos, escuchar lo que mis oídos no pueden oír, sentir aquello que no está a mi alcance?

La frase del título, “Mi libertad la encuentro cuando busco la tuya”, me ha acompañado desde esa misma etapa en la que pensaba mucho y sentía con mucho sufrimiento. Hoy está integrada en mi vida personal y profesional, es a lo que me dedico, es lo que soy: una persona en busca de la libertad, la mía, que encuentro en cada tramo de un camino que me permiten recorrer a su lado quienes me eligen para descubrir su propia libertad.

Una de esas extraordinarias personas luchadoras por la libertad de otros, es un alumno mío, al que sólo puedo agradecer su generosidad por la grandeza de sus propias palabras de agradecimiento para conmigo. Qué cierto es que el maestro llega cuando el alumno está preparado. Él lo estaba y yo aparecí en su vida en el momento de giro, en el mismo punto de inflexión en el que la lucha se convierte en éxito, en reconocimiento. Gracias a su valentía todos somos un poco más libres.

A propósito, de nuevo de la matanza en La Florida, cuando mi alumno me escribió para comentármelo, le contesté: “Un horror, un odio que nos ataca a todos. Una pena para llorar por el ser humano capaz de hacerse eso a sí mismo. El fanatismo une lo peor y separa la verdad de la vida”.

Te propongo alguna pregunta para que encuentres tu propia grandeza en una vida enriquecida con la diversidad.

¿Qué te hace a ti ser diferente?

¿Cómo ha engrandecido tu vida la experiencia de la diversidad?

Desde la dignidad del reconocimiento de que todos somos diferentes y todos tenemos derecho a existir, a ser, me despido hasta un próximo encuentro en el ecuador del verano que ya ha empezado a despuntar con fuerza, aunque aún no lo llamemos así.

0

¿A QUÉ LLAMO INNOVACIÓN?

Por Martes, mayo 3, 2016

La innovación ha sido una de las últimas propuestas formativas en las que me han pedido colaborar. Me encanta participar en el desarrollo personal y profesional de las personas y de las organizaciones. Para mí es un lujo tener la posibilidad de compartir la experiencia entre grandes profesionales, empeñados en su mejora permanente, abiertos al cambio. En esta propuesta, en la que pude compartir el aprendizaje con docentes universitarios, les planteaba esa pregunta: qué es la innovación, cómo abordarla en el aula para ser los líderes del cambio que deseamos ser, que queremos generar y en el que deseamos participar. La palabra más certera sería co-crear.

Una de las personas con las que me formé comentaba que el Coaching era un trabajo en el que pagaba uno y aprendían dos, el coachee y el coach. Esto es lo que a mí me sucede con cada curso, taller o encuentro en torno al desarrollo de nuestra inteligencia emocional, de nuestra comunicación con el mundo, de nuestras habilidades en las relaciones, de nuestras competencias en grupo y en equipo. En cada una de estas ocasiones sigo aprendiendo y ninguna de ellas es igual a ninguna otra.

Es una suerte poder dedicarme a lo que me apasiona. Y esto no significa que no me suponga un esfuerzo, que no me cueste, que no acabe cansada, incluso agotada o un poco más, que no me duelan algunos de estos aprendizajes que vivo en primera persona del singular, en mí misma y para mí. En este caso lo que singularmente aprendo es cómo gestionar más eficazmente mis emociones y cómo seguir haciéndolo mejor.

¿Te has sentido alguna vez desbordada por algo a lo que ni siquiera podías poner nombre?

Las emociones nos suceden, nos ocurren, nos invaden a veces, no desbordan si cabe y se lo permitimos. La clave está en darme cuenta de qué me está pasando, dejar que suceda, darle un tiempo y un espacio a que se exprese y luego indagar, ¿qué pensamiento hay detrás de esa emoción, de eso que siento? Descubrirlo es el proceso de mejora constante y, como consecuencia, de innovación.

¿Qué puedo hacer diferente para tener otro resultado?, ¿qué debo mantener, optimizar o impulsar aún más?, ¿qué puedo disminuir o  eliminar, definitivamente o por el momento?

A veces son pequeños cambios y muchas de las veces son sólo eso. Tan pequeños que puedo ser yo la única persona que los note al principio. Como la primera onda en un estanque. Pero, ¿qué pasa con las siguientes? Sí, eso, lo que estás viendo ahora, la imagen que te devuelve tu mente. Lo que pasa es que acaban en una enorme ola que se extiende hasta los extremos y termina por abarcarlo todo.

Les preguntaba a los alumnos-profesores, ¿qué hacemos antes de innovar?, ¿cómo es el ciclo de la innovación? I + D + I son las siglas con las que hace años se identifica en las empresas esta secuencia de mejora: investigar, desarrollar e innovar.  Y cuando nos planteamos innovar en el aula para liderar el cambio, ¿de qué estamos hablando?

Para investigar invertimos recursos, personales, materiales y financieros, con el fin de obtener ideas. En la fase de desarrollo, esas ideas son puestas en práctica y testadas para su optimización. Finalmente, al innovar lo que hacemos es invertir nuevas ideas para obtener fuentes de recursos renovables, avanzando por otros caminos, manteniendo o descartando algunos de los ya conocidos.

Esto significa que he de saber qué hago y cómo lo hago antes de planificar alternativas. La mejora tradicional se inicia con el diagnóstico de la posición de partida y de la proyección de a dónde quiero llegar.

innovacion quien eras antes de ser quien eresPara ayudarnos a ver esto claro, invité a los alumnos a que se hicieran la pregunta que dejo aquí para ti: ¿quién eras antes de que alguien te dijera quién deberías ser?

Estamos tan acostumbrados a seguir caminos que otros han planificado por nosotros que a veces ni nos damos cuenta de que estamos andando o de que nos hemos parado y no sabemos dónde.

Podemos imaginar nuestras caras cuando alguien nos pregunta una cosa así: confusión, absurdo, desconcierto, incredulidad, sorpresa… Son el reflejo de las emociones que mostramos ante la incertidumbre, el no saber a qué atenernos o el no querer saber. A veces preferimos que nos señalen el camino y el ritmo. Creemos que es una forma de mantenernos a salvo, sin cruzar la barrera, sin exponernos, sin salir de la zona de confort.

Cualquier cambio que queramos introducir en nuestras vidas, también en lo profesional, como es el cambio en el aula, pasa por saber en qué momento del camino estamos y cuál es ese camino. Y cualquier cambio que queramos introducir en los otros pasa por experimentarlo nosotros primero.

Si yo no he experimentado lo que se siente cuando hago frente a una situación, sea la que sea, la más sencilla, la más trivial, cómo voy a poder acompañar a otra persona a vivir su propio cambio.

Liderar es liderar-me primero.

La responsabilidad de acompañar el crecimiento profesional de otros se ejerce en primera persona desde la propia responsabilidad con el compromiso de saber quién soy y quién quiero ser. Luego veré cómo hacerlo. Aprenderé a hacerlo, ensayaré caminos distintos y ritmos diferentes, los míos. Buscaré y encontraré alternativas, y momentos de parar y recapitular antes de seguir.

Acompañando el cambio desde el liderazgo en el aula de estas valiosas personas, los profesores, me di cuenta de cómo es mi propio liderazgo, de cómo lo ejerzo y qué resultados obtengo. Ésta es la propuesta más honesta que les pude hacer, mirar hacia adentro de ellos mismos, contemplarse en el espejo de sus compañeros y de sus alumnos y seguir indagando.

¿Qué puedo desarrollar, mantener, optimizar, reducir, eliminar y generar de entre todas las opciones a mi alcance, para ser la persona y la profesora líder que deseo ser, la que cubre mis propias necesidades, la que necesitan mis alumnos y satisface sus expectativas? Pregunto, me pregunto a mí misma y les pregunto a ellos. Me pongo en su posición perceptiva, como decimos en PNL. ¿Qué ve, escucha y siente cada uno desde otra persona que no soy yo, que es el otro?, y ¿qué puede estar dejando de ver, escuchar y sentir?

Me sitúo en el lugar desde el que observa el mundo, desde el observador que es, como decimos en Coaching. Y lo hago con su ayuda, con la escucha activa de sus conversaciones, de cómo se comunica, de cómo son sus interrelaciones.

Este cambio de perspectiva nos permitirá encontrar opciones diferentes, recursos propios que debo poner en juego, descubrirlos y entrenarlos. Seguramente me llevará a lugares ocultos muy a la vista, como son mis creencias, desde las que me permito o no actuar.

La mejor herramienta de un líder-coach es la escucha.

Practicarla eficazmente le facilita la investigación, el desarrollo y la innovación permanentes. Esa eficacia dependerá de su capacidad para compartir su mundo y entender el del otro.

La primera escucha a practicar es la de uno mismo, con uno mismo. Es sentarse y prestar atención a ese diálogo interno permanente que me pasa tan desapercibido cuando, sin embargo, determina mi sentir y mi actuar.

La segunda escucha es prestar atención al otro, a sus palabras y silencios, a sus gestos, a su postura, a su mirada, a su voz, a los cambios de respiración, a cómo se altera casi imperceptiblemente determinados aspectos de su piel a lo largo de su comunicación.

Por aquí empezamos juntos la indagación del mundo profesional de cada docente, del suyo propio y de cómo quería que fuera en adelante.

Es un viaje apasionante, lleno de descubrimientos, sorpresas y retos.

Se trata de un viaje que nos sacará de muchos lugares conocidos, de muchos espacios de comodidad y nos plantará cara a cara con nuestras creencias, nuestros retos, nuestras necesidades, nuestros valores, nuestras capacidades para ser quienes un día quisimos ser y quienes hoy estamos decididos a llegar a ser, en el aula, siendo líderes del cambio que proponemos.

¿Qué clase de cambio quieres tú?, ¿por qué es importante para ti?, ¿qué dificultades prevés y cómo vas a solucionarlas?, ¿a qué te comprometes?, ¿qué estás dispuesto a hacer para conseguirlo?, ¿cuándo vas a empezar?

 

 

 

 

1

PERMEABILIDAD AL COACHING

Por Domingo, marzo 6, 2016

Me gustaría compartir hoy contigo que en el V Congreso Internacional de AECOP (Asociación Española de Coaching Profesional) celebrado en Valencia esta semana, he presentado un trabajo de investigación en Coaching.

El estudio lo he llevado a cabo en una Administración Pública, con profesionales dedicados a la comunicación y a la atención a la ciudadanía. Y ha tenido como propósito observar qué favorece o qué dificulta que se pueda implementar un proceso de Coaching en este entorno profesional.

Hasta la fecha son escasos los estudios sobre esta metodología de desarrollo personal y profesional en el marco de las organizaciones públicas. Y tampoco son abundantes, en general, las investigaciones con criterio científico en el mundo del Coaching.

Éste es un espacio de aprendizaje por explorar, del que podremos extraer conclusiones que nos lleven a optimizar las prácticas de quienes nos dedicamos a ofrecer lo excelente del desarrollo personal y profesional a otros, para que descubran sus propios caminos de mejora y consecución de sus logros.

Mi propia formación científica y mi pasión por el conocimiento con rigor me impulsan a indagar y explorar en la realidad opciones diferentes y comprobar si son útiles o en qué medida lo son o dejando de hacerlo, a quiénes, en qué contexto, cuándo, desde dónde y para qué.

Y a hacer de esta investigación una forma atractiva y creíble para quienes podrían beneficiarse de esta metodología de cambio.

Considero que los estudios científicos en torno al Coaching tienen como primer destinatario a quienes estamos convencidos de su utilidad como herramienta de cambio en la comunicación y, por tanto, en las relaciones de las personas, ya sea en su ámbito personal, familiar, social o laboral. Porque nos permiten acreditar, hacer fiable, eso que compartimos con toda nuestra pasión, el Coaching, con otras personas a las que podría serles de enorme utilidad.

Por eso he empezado esta línea de investigación cuyo planteamiento de partida es que el Coaching puede ser una estrategia de elección como herramienta de cambio de alto impacto para la Administración Pública, en donde el éxito de la gestión de personas está ligado a reconocimientos y motivaciones más que a otro tipo de recompensas.

El estudio se plantea, en primer lugar, analizar los factores que favorecen o dificultan la implementación de un proceso de Coaching en un equipo de trabajo de una Administración Pública, diseñando, a tal efecto, una herramienta que permita su utilización en este entorno laboral.

En segundo lugar, evaluar, tras un proceso de Coaching ejecutivo, la modificación de las competencias profesionales relacionadas con la inteligencia emocional y la capacidad de comunicación eficaz de los líderes del equipo.

Ha sido una experiencia apasionante, muy motivadora y cargada de retos para todos los participantes.  Aquí aprovecho a reiterar las gracias a la organización en su conjunto, a su dirección y a los participantes, muy especialmente a los líderes que han demostrado su interés por la mejora, por su implicación, por dar lo mejor, aún arriesgando en primera persona en ese cambio.

Porque cambiar significa, primero, conocerse, indagar, y a veces no queremos mirarnos porque preferimos no saber, creyendo que no nos va a gustar lo que descubramos.

Y luego, dar el paso, una vez que ya has visto, cuando ya no puedes volver a cerrar los ojos, porque aunque lo hagas, no podrás borrar la visión, eso que ya has podido reconocer. Ahí está la magia del Coaching, que vemos, escuchamos y sentimos lo que antes ni siquiera pensábamos que existía.

Como primera conclusión de este estudio, quienes decían estar más implicados con los cambios, con los procesos de mejora, experimentados ya con la formación, son quienes muestran puntuaciones más cercanas a un perfil permeable al Coaching, susceptible de embarcarse en un proceso de estas características.

También puedo compartir con vosotros que éste parece un proceso que se autoalimenta. A mayor exposición al cambio y a procesos de mejora, mayor disponibilidad a nuevas estrategias y a afrontar otros retos.

En general, la gestión de las emociones y la comunicación eficaz son aspectos de importancia alta a la hora de describir la participación o la permeabilidad al Coaching, de modo que quienes más los valoran son los que se muestran más susceptibles de abordar procesos para mejorar estas habilidades.

Por último, tras llevar a cabo el proceso, las personas se sienten más competentes para definir objetivos y empatizar con el equipo, según ellas mismas perciben.

Para terminar, quiero repetir que esta manera de abordar los procesos de cambio, desde lo que la ciencia nos aporta de metodología, de rigor, de comprensión, me parece imprescindible si valoramos lo que hacemos y queremos que otros también lo valoren. Es una forma de generar evidencias y de reformular lo que necesite ser cambiado, en un proceso de mejora permanente de nuestras prácticas como profesionales que acompañan a las personas y las organizaciones a dar lo mejor de ellas.

Si estás interesada en conocer más a fondo el estudio, te invito a que visites mi página y la revista de AECOP en donde está publicado el estudio.

1

CANTOS DE SIRENA

Por Sábado, febrero 6, 2016

Primeros de año y ya varios propósitos a punto de naufragar. Dicen, los que se dedican a hacer estadísticas de los comportamientos humanos, que a partir de la segunda quincena de enero, las promesas que nos hemos hecho con el brindis de las doce campanadas se han transformado en papel mojado casi en su totalidad. Por ejemplo, el propósito de ir al gimnasio fracasa en un 80% de los casos antes de acabar el mes de la cuesta. Algo semejante pasa con ponerse a dieta, aprender otro idioma, dejar de fumar o casi cualquier cosa que nos hayamos prometido en el momento de euforia que supone iniciar un año cargado de buenos deseos.

Y es que se trata de eso, de buenas intenciones.

¿Has probado alguna vez a intentar hacer algo y no te ha salido? Hazlo ahora, dite a ti misma: voy a intentar levantarme de la silla. ¿Qué pasa?

Pero si lo que te dices es: voy a levantarme de la silla, ¿qué crees que sucederá?

¿De qué estamos hablando? De cómo nos hablamos a nosotros mismos, de nuestros mensajes de autosabotaje o de los que nos impulsan a ir más allá de lo que hacemos y conseguir lo que nos proponemos.

Todos estos comportamientos quedan grabados en nuestras redes de neuronas. Se convierten en circuitos impresos que nos facilitan o impiden el siguiente paso, el siguiente comportamiento. Los científicos han descubierto complejas estructuras neuronales con distintas actividades eléctricas en una zona del cerebro, los ganglios basales, desde la que se controla nuestro comportamiento más elemental, la supervivencia, las acciones motoras, las conductas compulsivas, los hábitos y las adicciones como caso extremo. Allí, en esa zona profunda del cerebro, unas células expresan una actividad que permite al resto del organismo responder o no. Cada vez que se repite la conducta, el hábito se graba en estos circuitos neuronales automáticos.

De manera que, romper el hábito de hacernos propósitos para luego romperlos es toda una empresa, tan ambiciosa y arriesgada como el viaje de Ulises hacia su Ítaca, como nos evoca el título de este encuentro.

Es que nos gusta tener buenos deseos, contarnos nuestras buenas intenciones. Nos da algo así como un chute de glucosa. Si lo repetimos, ¿a quién no le amarga un dulce?, y se convierte en habitual, se desencadena algo así como un estado de hiperglucemia con picos de hipoglucemia, lo que llamaríamos: diabetes. Y con nuestra “diabetes-hábito de hiperconsumo” a cuestas, volvemos a repetir, una y otra vez, la promesa y su incumplimiento. Al final, nuestro cerebro acaba por grabar, a “fuego eléctrico”, el circuito del “parece que lo quiero pero en realidad no puedo”.

Así, de esta manera tan eufórica y depresiva, nos podemos mantener en un enamoramiento permanente de nuevos propósitos que difícilmente llegarán a ser el amor de nuestras vidas.

Además de esos “monstruos” que nos esperan en el interior de nuestras mentes para devorar nuestros deseos, en el viaje a la Ítaca de cada uno que anunciamos cada año nuevo, podemos encontrarnos con otros personajes que nos prometen todo eso que a nosotros solos se nos hace tan difícil alcanzar. Éstos son los “cantos de sirena”.

Si haces…eso que nos venden en un manual práctico para principiantes o expertos, según el caso, obtendrás… sí, justo, eso que anhelas, llegar a tu Ítaca.

Y es que las sirenas, además de una belleza extraordinaria, poseían una enorme inteligencia. Esas criaturas perfectas eran tan competentes en prometer la felicidad como deseosos de obtenerla aquellos a los que cautivaban con sus cantos. Tan hábiles eran estas divinidades marinas que casi siempre conseguían sus propósitos, a cuenta de los propósitos de los navegantes que surcaban las aguas de sus dominios.

Es fácil dejarse llevar por el espejismo de conseguir lo que se me resiste, y además, de una manera muy atractiva, casi sin esfuerzo. Dejarse seducir por el propio deseo hasta naufragar en el arrecife de un nuevo fracaso.

¿Reconoces algún canto de sirena cerca de ti?, ¿has escuchado alguno, alguna vez? El coche que te convertirá en el mejor conductor y el más atractivo, el perfume con el que caerán rendidos a tus pies, ¿te suenan estos? Son tan habituales que creemos que ya no nos engañan. En estos días se nos promete de todo, siempre más y mejor. El mercado está lleno de cantos, algunos emitidos incluso por personajes mucho menos atractivos que las sirenas, que se llaman a sí mismos gurús, cuya experiencia y conocimiento se basa en la capacidad de seducir a las masas. Caemos en sus antiguas trampas llevados por el ansia de convertirnos en lo que soñamos y conseguir eso que imaginamos que creemos, porque nos lo han asegurado, en el prospecto o en las cláusulas del manual, que nos llevará a la felicidad: poder, salud, belleza, dinero, reconocimiento, éxito… Pero, claro, sin arriesgar demasiado y sin que tengamos que esforzarnos tampoco mucho.

Cuando se trata del desarrollo personal, de convertirnos en nuestra mejor versión, como llaman algunos a ese proceso, la seducción es aún más dulce y nos llega al centro del corazón mucho más rápido, inundando de glucosa nuestro torrente sanguíneo. Lo hace tan deprisa como los que nuestros ganglios basales estén entrenados en reconocer patrones de comportamiento: “lo compro y me lo creo”, es uno de ellos. Con este programa instalado, nuestra voluntad se habrá invertido en adquirir esa nueva herramienta para la transformación. Y luego, ¿qué?

Enseñar es sólo una parte del proceso de cambio, la otra es: aprender. El mejor de los cursos y la mejor de las herramientas sólo servirán si yo pongo mi voluntad la servicio de ese cambio, me cueste lo que me cueste. Mi responsabilidad va más allá de la del formador o del coach, es la que aparecerá en cada pasito del camino que tendré que recorrer, después de aprendidas las instrucciones, incluso de entrenadas. Mi compromiso con mi propio desarrollo es el verdadero canto que me salvará de naufragar.

Una vez sentadas las bases, firmado el contrato de responsabilidad con la persona de mayor influencia en mi vida, cuyo poder sí es capaz de transformarme, yo misma, estaré en disposición de poner en práctica y hacer realidad cada uno de los propósitos que redacte al principio de año o al comienzo de cada instante de un nuevo recorrido en mi vida: ahora, que es el único tiempo que nuestro cuerpo es capaz de conjugar y en el que invita a la mente a estar centrada, con atención plena en el objetivo y en la acción necesaria para alcanzarlo.

Te invito a que revises los contratos de lo que compras y de los procedimientos para lograr lo que deseas. Si en ellos no está tu firma, aceptando sin lugar a dudas tu implicación, tu esfuerzo y tu responsabilidad, será un papel tan mojado como si se hubiera ya hundido en las aguas de la costa helena asediada por las seductoras sirenas.

Y, si te parece, para otro día dejaremos lo de cuándo decidir y quién toma las decisiones en nuestra vida.

1

ACEPTAR Y ACOGER

Por Miércoles, enero 6, 2016

Llevo unos días trabajando la aceptación. En realidad llevo toda mi vida, sólo que de una manera consciente y con un propósito claro, desde hace apenas un ratito en ella. El justo para entender lo que me había estado pasando al rechazar tantas cosas que no me gustaban. Como las opiniones de otros, disonantes con las mías.

Obvio, ¿verdad? Porque con las que coinciden conmigo tengo muy pocos problemas.

Lo que me ocurre ahora es que éstas también las cuestiono. No las opiniones de los otros, sino las mías propias.

¿Hasta dónde estoy dispuesta a aceptar la divergencia o incluso el antagonismo?

Sobre el papel, me resulta sencillo decir que hasta donde sea necesario. Pero en el corazón, sé que no es tan fácil para mí.

En casa me espera un hada mágica, un duende que no necesita aprender nada de esto porque así es ella, pura aceptación. Cada vez que vuelvo y abro la puerta, está allí, dispuesta a acogerme a………gritos. Sus palabras son más altas que mi voz y más claras que el cielo de primavera en Madrid, y están más cargadas de verdad que todas las estrellas de una noche a orillas del Cantábrico. Sus ladridos, que no necesitan cargarse de razón, suenan a “me alegro tanto de verte”, tanto como si hubiera pasado una eternidad desde………el cuarto de hora que hace que salí y la dejé sola. No importa el tiempo, sólo la ausencia que no la puede sustituir nada ni nadie, ¿o sí? Creo que ella me es fiel a sí misma, con quien se entretiene doce horas seguidas, pensando en lo suyo, atusarse el pelo, rascarse detrás de las orejas, que pica mucho, limpiarse escrupulosamente entre los deditos, mantenerse hidratada y bien nutrida, comer sólo lo que le hace estar sana, sin pasarse y sin dietas. Porque si lo hace, mejor dicho, si lo hago yo, no se siente culpable. Sólo se siente y ya está. ¡Qué envidia!, de verdad. Es mágica. Es mi gran maestra.

En estos días de felicitaciones recíprocas he preferido fijarme en ese momento en el que me gustaría que fuera de otra forma, en esa persona que me ha dicho lo que no quería oír, en esa opinión que no es otra cosa que un juicio, como lo es el mío, salvo que al contrario. En ese gesto que he pillado sin esperarlo, en esa postura que me distancia, en todo eso que podría aislarme, aunque yo creyera que me excluía, incluso que así era, muy digna yo en mi posición.

Pero, ¿quién decide el efecto de ese juicio?, ¿quién da significado a ese gesto? Yo.

Y si soy yo, tú también. Tú, que ahora me escuchas es quien tiene el poder absoluto de responder a lo que necesites, de hacer o dejar de hacer, de contestar o no, de sentir de una forma o de otra. O, mejor dicho, de interpretar esa sensación, de observarla y decidir qué valor tiene en tu vida.

¿Me interesaría rodearme de personas que sólo ven por mis ojos, escuchan por mis oídos y sienten según el latido de mi corazón? ¿O puedo aprender de lo distinto, incluso de lo contrario? Yo decido. Y decido aprender, darme permiso a ver, escuchar y sentir desde una posición diferente a la mía.

Sí, ya, está bien, queda incluso muy bien decirlo y escribirlo pero ¿cómo se hace?

A lo mejor es lo que te estás preguntando al escucharme. Yo lo he hecho también cuando lo he aprendido de otras personas y ahora que lo sigo aprendiendo al compartirlo contigo, con vosotros.

Te propongo tomar una respiración profunda, abdominal. Ahí sentada, con la espalda recta, los pies apoyados en el suelo y las manos sobre los muslos. Si cierras los ojos ahora, puedes sentir cada inhalación y cada espiración, a tu ritmo, poco a poco, conectando con el cuerpo, recorriéndolo, haciendo nuestro propio escáner corporal, con lo que siente tu piel, con lo que sienten tus órganos, tus tejidos, tus células.

Empezamos la exploración por los pies, notando los dedos en contacto con las zapatillas o el roce con los calcetines en los tobillos. Y más arriba, las pantorrillas que presionan ligeramente el sillón, las rodillas tapadas por el borde de la bata. Sigo, notando las sensaciones que recoge la piel y lo que sienten los huesos y los músculos y las articulaciones. Y mi corazón y mis pulmones y mis tripas en un juego de exploración, de darme cuenta de pequeños detalles que ni creía que existían, que hubiera tachado de insignificantes. Esos que hoy están para que yo, tú, nos demos cuenta. Percibe la tensión o la relajación, y quizá una sensación más fría en la parte externa de las piernas. Continúa así, ascendiendo, experimentando cada sensación, en el abdomen, cómo me suenan las tripas, el latido del corazón, ahora que me fijo, a un ritmo tranquilo, el aire llenando mis pulmones. Y la tensión en la columna, recta, el cuello algo rígido y el hombro izquierdo más cargado. Y mis brazos, rozando el algodón de la camiseta. Y mis manos, la izquierda más fría y con los dedos más encogidos. Y poco a poco termina el recorrido hasta llegar a la cabeza, dejándote sentir, experimentando las sensaciones de todo tu cuerpo. Suelto la mandíbula y mi cara se relaja de golpe. Percibo la expresión de los ojos cuando el entrecejo está fruncido. Nota el pelo a raíz del cuero cabelludo, su tensión, su sensibilidad. Y agradece cada una de las sensaciones que has podido reconocer.

Al final, centrada en la respiración, date cuenta de tres o cuatro de esas sensaciones que te hayan resultado incómodas, reconócelas y no hagas nada con ellas. Quizá sea un picor en un lado de la cabeza, una tensión en el hombro  o una inquietud que se nota en las tripas.

Ésta es una manera sencilla de aprender a aceptar lo que no nos gusta, lo que nos molesta y además, a acogerlo como parte de nosotros, de nuestra vida. En este momento estamos ampliando nuestra capacidad de sentir, de ser.

Y podemos añadir aún un poquito más de aceptación al experimentar lo que, al lado de lo incómodo, nos hace sentir bien, a gusto. Puede ser una sensación de tranquilidad, una caricia de aire cálido en el rostro o las ganas de estar ahí, así, sin más.

Quédate con todo, con lo que has experimentado como dificultad y con lo que te llena de un poquito de satisfacción. De esta forma ensanchamos nuestro ser, más grande que nuestros límites, los sobrepasamos, y nos permitimos aceptar lo bueno dentro de lo malo, o, simplemente, de lo que es, sin categorías.

Aprendemos a acoger lo que la vida nos trae, a acogernos a nosotros mismos.

Sentada, centrada en mi cuerpo puedo expandir mi atención a lo que me hace estar, un poquito o un mucho, a disgusto y a lo que, por el contrario, me aporta bienestar, y aceptarlo como algo que se da a la vez. Al experimentar las sensaciones cómodas e incómodas, amplío mi zona de confort y de estar, amplío mi capacidad de aceptación y acojo en mi vida todo, sin solución de continuidad y sabiendo que ese todo pasará. Y voy más allí incluso, pudiendo llegar a sentir sin juzgar.

Desde este aprendizaje en lo más cercano a mí, puedo aprender a aceptar lo que está en mi entorno, lo que transcurre alrededor de mí, lo que me sucede al relacionarme con los demás, al hacer eso que se llama vivir.

Si por un instante puedo acoger en mi vida como un todo que se da a la vez, lo que creo bueno y lo que etiqueto como malo, y si lo puedo aceptar sin juzgarlo de antemano, podré acoger la inmensidad de la vida y salir de la pequeñez de lo conocido para encontrarme con la magia de llegar a ser quien anhelo ser.

Si me aparto un poco del camino del reconocimiento, del mérito, puedo encontrarme a mí misma, sin necesidad de demostrar ni demostrarme quien soy. Puedo brillar en la plenitud de quien ya soy.

Y aún puedo acoger en mi vida a otras vidas, las de quienes caminan a mi lado por un ratito o por una eternidad.

¿Te animas a experimentarlo?

En un cuarto de hora, volveré a encontrarme con ese ser que no se plantea ser de otra forma que la que es, con ladrido incluido.

1

MINDFULNESS: ATENCIÓN PLENA

Por Domingo, diciembre 6, 2015

A veces la vida se me hace muy cuesta arriba. Hoy es uno de esos días. A pesar de que, poco antes de ponerme a escribir este artículo, había pensado que sería un buen tema el de estar atenta al aquí y ahora, de lo que significa la atención plena, la atención consciente. Eso de lo que se habla tanto, “mindfulness”.

Y con esa idea en la cabeza, junta a otras y a un torrente de sensaciones frías y a una emoción oscura con aristas cortantes, he sentido como que el día me superaba, como que algo tiraba de mí hacia abajo, impidiéndome subir y levantar la mirada. Hoy la vida se me había plantado en lo alto de la cuesta.

He tenido que respirar hondo, enderezar mi columna, sentarme con las piernas descruzadas, los pies apoyados en el suelo firmemente. En esa postura, vuelvo a respirar de otra manera, de una que me facilita relajarme, que es el inicio por sí sola del cambio. Es una respiración honda, abdominal. Imagino que estoy llenando mi tripa con el aire que inspiro, cada vez más pausada, más serena, más relajada. Inspiro por la nariz, siento el aire más frío entrar por las fosas nasales y salir algo más caliente. Y poco a poco, noto mi cuerpo relajándose, perdiendo esa tensión que hoy me tenía prisionera de tantos pensamientos y emociones. Y noto también mi mente más calmada, centrada en la respiración, en la vida.

Y, de vuelta a mi cuerpo, me encuentro en el aquí y ahora.

Pero…, de nuevo, en plena meditación, vuelvo a percibir ese bullicio en mi mente, el malestar en el estómago, y la tensión en la espalda, en el cuello sobre todo. Encojo los hombros y me repliego. Y escucho los pensamientos atiborrando mi cabeza de incomodidad y rabia y estrés. Siento esas emociones desplazándose por la columna, extendiéndose por el pecho, cortándome como a la altura del corazón y bajando hasta las tripas. Se me hacen un nudo.

Mi mente se ha ido de viaje.

La cojo de la mano y la siento de nuevo aquí y ahora, centrada en la respiración. Cuento uno, inspiro y espiro. Cuento dos, inspiro y espiro. A mi ritmo y poco a poco, retomo una pizca de calma, que va extendiéndose por mis brazos, por mis piernas, destensándome los músculos. Y me fijo en mi mandíbula y la suelto.

Juego con la tensión que siente mi cuerpo. Respiro, aprieto la mano derecha con fuerza y noto que la respiración se para. Compruebo así cómo una simple tensión física me interrumpe la vida. Abro la mano y suelto. Mi respiración vuelve a fluir.

El cuerpo es el ancla que me permite estar presente, vivir en el aquí y ahora, vivir, simplemente.

A través de la atención centrada en lo que mi cuerpo siente, nota, experimenta, es como puedo hacerme presente y permitir que mi mente viva en el aquí y ahora.

Agradezco a mi mente todo lo que me permite hacer: crear palabras con las que comunicarme contigo ahora, recordar nuestros encuentros y planificar los futuros. Agradezco a mi mente su capacidad de análisis y su creatividad.

Y también la acompaño hasta el patio de recreo en el que dejar de hacer para, sin más, ser. Sin nada más que lo que soy, con mi esencia, desde la autenticidad de quien soy, sin necesidad de demostrar ni hacer nada, ni siquiera observar. Me convierto en el objeto y en el sujeto de esa observación, soy, indisoluble con lo que me rodea, con la vida. Soy vida. Así, a mi niña pequeña, a mi mente entrenada para salvarme, le enseño que también puede disfrutar sin esfuerzo, sin programación y sin culpa.

 

Te invito a que pruebes a conectar con el aquí y ahora desde el ancla de tu cuerpo, a través de la respiración. Para hacerlo más eficaz, haz como yo estaba haciendo cuando por la mañana pensaba en este encuentro, sentada, con los pies apoyados en el suelo a la anchura de las caderas, como enraizados en la tierra, conectados con ella. La espalda recta, con la cabeza como si flotara, sin tensión, sin dejarla caer. Puedes imaginarla conectada con el cielo por una cinta de seda invisible. Con mis manos sobre los muslos, sin tensión, sintiendo la apertura de mi pecho. Es una postura en la que no busco la perfección, sino que estoy vinculada a ese momento y a ese espacio concretos, identificada con mi cuerpo, con sus señales. Es una postura que yo llamo de serenidad y autoridad. En la que me permito ser, sin más. En ella me dejo sentir, experimentando cómo el latido del corazón marca el ritmo de mi vida, cómo fluye mi respiración. Siento el aire que entra suave y frío, y sale más caliente después de llenarme de oxígeno, de vida, cada célula del cuerpo.

Prueba tú. Hazlo cerrando los ojos para conectar mejor con este momento, con tu cuerpo, con tu respiración. Así, con los ojos cerrados y sentada en esa postura de ser, empieza a contar y a seguir el ritmo de tu respiración: uno, inspira, espira; dos, inspira, espira; tres, inspira, espira; y así hasta 10. Puede que la mente se vaya y que pases de 10, sin darte cuenta. No importa, vuelve a empezar.

Si la mente vuelve a irse de viaje y volvemos a darnos cuenta, cada instante de ese darnos cuenta es un paso en el camino de la atención plena, un paso firme que nos permite aceptarnos y querernos, sin límites, sin condiciones.

Y pueden pasar más cosas. Como que durante ese recorrido por el cuerpo siguiendo a la respiración, experimentemos una sensación extraña, una incomodidad, un malestar o un dolor, físico o emocional. Entonces es justo el momento de darnos cuenta, de aceptar lo que sucede y seguir respirando.

Y aún pueden pasar más cosas, como un pensamiento que se cuela, un sonido que de repente se hace presente, una imagen. Todas estas atenciones nos muestran la maravilla de la mente, su capacidad de crear y recrear, de recordar e inventar, de ponerse a pensar, de la forma de pensar que nos identifica con el “modo hacer” de nuestra existencia cotidiana. Y, sin más, los dejamos pasar. Agradecemos a nuestra mente que nos los muestre y los dejamos para otro momento o para ninguno. Ahora estamos en el “modo ser”.

La mente es como un animalito al que acompañamos y educamos, con suavidad, dócilmente, enseñándole a estar presente, a encontrarse con nuestro cuerpo en el aquí y ahora. A la mente le gusta buscar historias y apegarse a ellas y quedarse en el pasado reviviéndolas. O inventarlas y proyectarlas y preocuparse, lanzándose a querer analizar y solucionar lo que en este momento no tiene solución. Eso será en su día.

Hoy, ahora, toca simplemente ser, estar presente, acompañar nuestra respiración, vivir.

5

Los Límites en Mi Vida

Por Martes, noviembre 17, 2015

En nuestro anterior encuentro hablamos de indagar en aquello que queremos que esté en nuestra vida y lo que no.

Espero que el ejercicio que te proponía te haya ayudado a descubrirlo. Yo, como te decía, lo sigo utilizando desde la primera vez en que aprendí con él a diseñar mis objetivos más personales, más íntimos, sobre los que menos había pensado pero los que más pesaban hasta entonces en lo que había hecho, como luego me he dado cuenta.

 

Al terminar, compartí también mi propia experiencia sobre el darme cuenta de eso bonito que hay en mi vida ahora, todo lo que me permito que entre. Y también aquello a lo que he puesto límites. Y es a propósito de esto último que te sugería que habláramos hoy.

¿Qué hay aquí y ahora en mi vida, lo quiera o no? Porque lo que hay es lo que, en alguna medida, he permitido que esté. Y quizá no ha sido de manera consciente, pero ha sido así.

Reconocerlo es dar un paso de gigante al descubrimiento de quién soy y cómo soy a través de la historia de mi vida.

Y el mayor descubrimiento es reconocerme como la persona que da significado, que interpreta eso que está en mi vida, ese hecho, esa circunstancia, esa relación. Éste es el primer paso, el trascendental, el que me hace responsable de cómo me siento, de qué papel sí he decidido interpretar: ¿víctima, quizá?

Las circunstancias de nuestra vida pueden ser tan duras como las que vivimos y observamos a nuestro alrededor.

Pienso en una persona que se ha quedado sin trabajo y que pasan sus días y cómo va sintiéndose con cada intento, con cada “no” que escucha.

¿Qué podría hacer diferente? ¿Cómo podría estar viviendo ese momento pero de una forma que no sea culpándome y culpando a tantos a mi alrededor, sintiéndome víctima y, por tanto, sin capacidad para cambiar?

Sí, asumiendo la responsabilidad del significado que le otorgo a esa situación y asumiendo que en mí está pasar de víctima a poder hacer: a experimentar lo que significaría sentirme competente y válida, quererme, respetarme, cuidarme. A esto lo llamamos autoestima, valorarme yo.

 

Si me doy permiso a ser válida podré hacer cosas diferentes, seguir preparándome, quizá dar un rumbo diferente a mi orientación laboral, buscar otras posibilidades.

 

Si creo que no puedo, lo que encontraré también, seguiré encontrando en mi vida que: no puedo.

La vida se encargará de confirmar todas mis creencias.

 

Se trata de explorar nuestra responsabilidad frente a las infinitas posibilidades.

 

Es verdad, es muy importante ese matiz, tanto que a mí me ha impedido ver que era yo quien lo permitía, incluso con tanto sufrimiento, con tanto dolor añadido al dolor.

Y es verdad que mostrando a los demás, ahora a ti, que me lees o escuchas estas palabras, porque antes me lo he mostrado a mí misma: cómo el poder verlo desde la “abundancia”, desde mis posibilidades, es lo que me ha permitido hacerme cargo de mi responsabilidad y ver lo que no estaba haciendo y lo que sí podía hacer. Qué dejaba de escuchar, a quién dejaba de escuchar: a mí, a mi sabiduría, a la que no reconocía ni valoraba, y a otros que me podrían estar acompañando de otra manera, la que yo necesitaba para cambiar.

Es cierto, a veces, muchas, nos llegan cosas que hubiéramos preferido descartar antes de que entraran, y que incluso tratamos de ignorar cuando ya son una realidad en nuestras vidas.

 

A mí, hablando en primera persona del singular, como he aprendido a hacer, algunas de esas veces me habría gustado ser una de esas niñas que hacen gimnasia rítmica, tan flexible y elástica como para sortear esas cosas que hubiera preferido no tener en mi vida. Esquivarlas con un movimiento de mi cintura, para que pasaran de lado. O dando un salto por encima, impidiendo que chocaran contra mí.

 

Pero no ha sido así y eso que no quería me ha dado de lleno en el cuerpo, en el corazón y en la mente. He sentido, he pensado y he actuado condicionada ya por esa presencia de algo no deseado.

Como por ejemplo, cuando un mismo tipo de persona ha estado en mi vida. Y me preguntaba por qué siempre me tocaba a mí y por qué no me llegaban otras. He ido repitiendo ese modelo de presencia, de relación hasta que……..me he dado cuenta, hasta que le he puesto conciencia, he enfocado sobre mí y no sobre los demás.

 

Sí, como puse esa consciencia en lo más doloroso que me ha sucedido: la ausencia de una persona querida, a la que no he sabido dar todo lo que se merecía y que me merecía yo también, o eso pensaba en aquel momento. Éste es otro ejemplo de mi vida: mi padre, ya presente para siempre en ella, con todo mi amor, a pesar de todo el llanto, de todo el dolor de la separación, de su muerte.

 

Darse cuenta, aquí empieza el desarrollo personal. Mirar, mirarse, indagar en qué hago, cómo lo hago, qué valoro, qué creo, quién soy. Darme cuenta.

 

Si me doy cuenta, si me veo, me escucho y me siento, ya no puedo cerrar los ojos, taparme los oídos y la boca, y hacer como si nada hubiera pasado. Porque sí ha pasado. Y, afortunadamente, lo he visto, escuchado y sentido ya. Y de eso puedo aprender. Porque se convierte no en algo que quiero sacar de mi vida, sino en algo que está en ella para que yo comprenda algo muy concreto, para que aprenda.

 

Ahora puedo trabajar frente al espejo, viéndome a mi misma, escuchando mis propias palabras, mis pensamientos, mis sensaciones, mis emociones, mis sentimientos. Y puedo aceptar que eso que está en mi vida, que condiciona mi forma de hacer, incluso de sentir y pensar, es porque yo he permitido que esté.

En nuestro anterior encuentro hablamos de indagar en aquello que queremos que esté en nuestra vida y lo que no.Darme cuenta y aceptar para poder cambiar lo que decido y quiero cambiar, como por ejemplo, no seguir permitiendo que ese tipo de relaciones se den en mi vida.

 

Ahora aprendo a poner límites, no a los demás, sino a mí misma. No es que no permita a otro que entre en mi vida, es que yo no me permito a mí misma entrar en ese tipo de relación. Y elijo cómo sentirme y qué significado otorgo a eso que sucede, descubriendo para qué me sucede, no porqué, sino buscando lo que me lleva a estar mejor, a ser mejor, al futuro, sin necesidad de justificarme ni culparme a mí ni a nadie, aprendiendo. Para qué es la pregunta del cambio, del logro.

 

Así, todo el peso de la responsabilidad sobre mi vida vuelve a estar en el centro de ella: en mí. Así, vuelvo a recuperar mi presencia absoluta en ella. Así, cojo las riendas de mi vida o, simplemente, el mando de la tele, ese con el que cambio de canal cuando algo no me gusta o con el que selecciono esa película que me intriga, ese programa que me interesa o esa tontería que en ese momento me distrae. Sea lo que sea, soy yo la que escoge, la que se pone límites a ver y no ver. A irse a la cama antes para descansar mejor y estar más despierta al día siguiente.

 

Con esta forma de estar en mi propia vida, de ser más consciente, aprendo a aceptar lo que la vida me da, confiando en el aprendizaje que me reserva, en ese regalo que supone cada entrega de la vida. Ahora, las personas y las situaciones serán mis maestras y el patio del colegio en el que juego y aprendo.

 

Esta manera de entender mi vida me da permiso a vivirla desde la confianza y no colocándome a la defensiva, protegiéndome, intentando evitar lo que llegará si necesito aprender algo. Y sin enfundarme en una coraza que sólo me aísla a mí, que es a mí a quien hace daño e impide sentir, respirar, tocar, oler, disfrutar.

No necesito protegerme, sino estar preparada, con los ojos abiertos, despierta, y el corazón sereno y apasionado, dispuesto a esperar lo mejor, y la mente despejada, sin telarañas que me oculten lo que antes me decía que prefería no ver.

Me acuesto y me levanto despierta, atenta a lo que el nuevo día me trae, preparada para recibir su regalo y disfrutarlo, en plenitud de recursos para celebrarlo. Buscando el para qué en cada pasito que doy.

 

Esto me encantaría que lo siguiéramos hablando, quizá en el próximo encuentro en nuestro rincón, el de Cleo.

 

 

 

3

La Mirada del Otoño

Por Lunes, octubre 19, 2015

Llevaba un tiempo pensando cómo empezar este curso y de repente me encontré en la primera mañana del otoño escribiendo sobre qué quiero en mi vida y qué tengo en ella.

Mi mochila se está vaciando, como la ropa de mis armarios. Pero esta vez, no la llenaré de inmediato con sustitutos ni sucedáneos, por muy de moda que estén o por mucho que me apetezca o porque es lo que se espera de mí. Esta vez, la llevaré vacía para que quepa lo que la vida me traiga. Esta vez mis armarios acogerán lo que necesito y no lo que me gusta, aunque no llegue a usarlo.

Cada otoño desde que tenía cinco años, vuelvo al cole. Cuando empecé a darme cuenta, a entender que después de las largas vacaciones con mi familia, tocaba separarme durante el día de ellos y salir al encuentro de otras personas, mis compañeras, mis profesores, las monjas, los niños del colegio de curas que nos esperarían a la salida para levantarnos las faldas. Algunas de esas personas se convertirían cada año en amiguitas, algunas lo son aún, mis amigas. Otras me enseñarían lo que aún recuerdo y lo que he olvidado que sé. Como el conductor de aquel autobús que nos llevaba al colegio cada mañana. Un día crucé por delante, al bajarme de él corriendo hacia la entrada de mi cole. Cuánto se enfadó y cómo me gritó que no lo volviera a hacer. Experimenté lo que suponen las prisas y poner la intención en algo que aún no ocurre y que me distrae del presente. En aquella ocasión el peligro real que corrí fue ser atropellada y, sin embargo, el que mi mente temía era el de llegar tarde a clase.

¿En dónde estaba puesta mi mirada y mi energía? ¿Puedes encontrar algún momento tuyo en el que tu atención estuviera en otra parte y no en lo que te estaba pasando?, ¿qué te supuso?

A la vuelta del paraíso verde en el que transcurría la vida de mi familia como “veraneantes” y al que sigo regresando todos los años, un día me di cuenta de que me encantaba ese nuevo comienzo, de que el verano había pasado pero el cielo se seguía pareciendo al de las vacaciones, gris y húmedo. Sin sentir la pérdida, al contrario, con toda mi energía puesta en mi auténtico año nuevo: el otoño y la vuelta al cole.

¿Qué sucede cuando acepto lo que ya ha pasado y me enfoco en lo que ahora demanda mi atención?, ¿qué pasa con mi energía? Te invito a que encuentres un momento en tu vida en el que hayas estado centrada, atenta a lo sucedía en tu vida, dejando ir lo que ya había pasado.

Estaba deseando organizar esa vuelta al cole, forrar lo libros, preparar los cuadernos, los lápices, la cartera, el uniforme, todo lo que aprendería, todo lo que me esperaba por descubrir. Era como planificar un viaje lleno de ilusión. ¿Estarían mis amigas?, ¿qué profesores tendría?, ¿serían difíciles las asignaturas?, ¿a quién conocería?, ¿me gustarían?

Recuerdo ir a la librería y a la papelería con mi padre. Lo recuerdo como si lo acabara de hacer. Y me veo en la mesa grande del comedor al lado de mi madre, ordenándolo todo, preparándolo para el primer día. ¡Qué emocionante! El olor de las páginas llenas de tinta nueva de apenas dos colores. El sonido de los lapiceros de colores al chocar entre sí dentro del portalápices. Este año, de tela negra y roja con cremallera, grande. Ya no me valía el rígido que usaba antes. Metería en él también un sacapuntas de metal, en vez del cisne de plástico que me trajeron los reyes un año, y un borrador para lápiz y boli, en lugar de la goma de nata. El cuaderno que escogí esa vez era de anillas con separadores de colores para cada asignatura y se podía cerrar con una solapa. Con la dymo le puse mi nombre en la parte delantera, arriba, igual que a los libros después de forrarlos. MMM, escribía mi madre en la cinta de tela que cosía a los “babis” para que pudiera colgarlos. “Eme al cubo” me han llamado alguna vez. Hoy, en mi trabajo, una compañera me ha dicho: “¡cuántas emes en tu nombre!”. Y yo he recordado con una sonrisa de ternura y admiración a aquella niña que hoy sigue preparando su vuelta al cole.

¿Puedes ver a esa personita que hay en tu interior?, ¿cómo te relacionas con ella? Prueba a darle tu cariño de persona adulta, tu cuidado y tu agradecimiento por haberte traído hasta aquí. Y experimenta cómo te sientes después.

la mirada del otoño1Este año es mi vida, la de estudiante también la que preparo. Nunca he dejado de estudiar, aunque hace ya un tiempo que estudio cosas diferentes, cosas que no necesito tener en un papel con ningún crédito. Cosas que llevo en el corazón y en la mente y en el cuerpo, en lo que pienso, siento y hago.

Cuando me he puesto a pensar, sentir y hacer con estas cosas bonitas, me he acordado de cuando aprendí qué es lo que tengo en la vida y qué es lo que quiero tener en ella.

Te invito a que hagas el mismo ejercicio que hice yo entonces y que me planteo a cada paso que dudo o que me entristezco por lo que no tengo en mi vida, o, incluso, me enfado por lo que hay en ella.  Es un ejercicio de observación, de pararse por un momento y mirar.

¿Hacia dónde estás mirando y qué estás dejando de ver?

Cuando me pregunto esto me puedo dar cuenta de qué estoy echando en falta: el verano que ha acabado, las vacaciones pasadas que maquillo, el despertador que suena implacable cada mañana, el dolor de espalda que noto a ratos, los dos kilos que digo que me sobran, una conversación de trabajo que no me gustó, el trabajo de casa sin ayuda, la ropa que he dejado en la lavadora, el sueño sin soñar…

Agotada y sin energía es como me acabo de quedar, porque la he ido dejando en cada uno de estos pensamientos vampíricos. Al menos no he escrito que me roban, como si alguien superior a mí tuviera el control de mi vida. Al menos, soy consciente de que soy yo la que permito a esos vampiros chuparme la energía que necesito para mirar hacia…

¿Hacia dónde crees que estaba mirando? Sí, exacto, hacia lo que no me gusta, hacia lo que echo en falta.

Ésta es mi propuesta, recoge en un papel todo lo que te salga de estas cuatro miradas diferentes:

Lo que quiero y tengo.

Lo que no quiero y no tengo.

Lo que quiero y no tengo.

Lo que no quiero y tengo.

 

¿Qué te ha costado más pensar?, ¿qué ha sido más fácil?, ¿de qué te has dado cuenta?, ¿qué cambiarías?, ¿por dónde vas a empezar?

Cuando me fijo en lo que creo que carezco, dejo de ver lo que sí tengo. Cuando la mirada está en la carencia, la abundancia no existe.  Cuando mi energía se pierde, se malgasta en lo que no es de valor en mi vida, no dispongo de más para emplearla en alcanzar mis sueños y estar, en este momento, sin más, presente para mí, para darme lo que necesito, disponible para aceptar, para aprender, para crecer, para ser, sin las expectativas que han puesto otros en mí, o incluso yo, copiándoles a esos otros.

Cuando vuelvo a mirar a mi vida, me doy cuenta de todo lo bonito que hay en ella y todo lo que me permito que entre. Y también todo aquello a lo que he puesto límites de entrada.

Y de esto hablaremos otro día.

 

1

El ojo de boticario

Por Viernes, julio 10, 2015

Ética profesional y fidelización de clientes.

El cocodrilo esperaba colgado del techo su turno a que el mancebo acabara de convertir en polvo aquellas piedras resplandecientes. Se las había dejado su maestro dentro de un minúsculo saco, con la orden de triturarlas en el mortero de piedra hasta que se le cansaran las manos y sin desperdiciar ni un grano. Manejaba el pistilo como la mejor de las cocineras. Era una labor concienzuda. Al principio le pareció sencilla, pero no había nada simple entre aquellas paredes.

Las instrucciones de su señor eran muy estrictas. Él las acataba temiendo aquella mirada de reprobación que dejaba ver su rostro enjuto. No necesitaba ninguna palabra ni ningún gesto grandilocuente para entender cuándo se había equivocado. Mozos sobraban, sólo los espabilados podían estar a la altura de un oficio tan exigente.

El ojo de boticario.En este trabajo se vio rodeado de lo que al principio le parecieron utensilios de una extraña cocina. Pronto empezó a reconocer los rechonchos alambiques bajo un fuego contenido, goteando un líquido aromático que recogía en matraces y frascos de colores. Encajar el tapón de cristal esmerilado y pegar la etiqueta con el nombre, era el ritual siguiente. Culminarlo, le hacía sentir más cerca del reino de la Alquimia, ese arte mágico, y brujo para muchos, en el que habitaba su maestro. Aprendía de él en cada gesto, en cada frase que pronunciaba. Sus palabras le sonaban a ensalmos. Le recalcaba la importancia de escribir bien esos signos tan incomprensibles para la mayoría de los mortales. La primera vez que se lo dijo, sintió su cercanía al confiar en él una labor tan meritoria.

De entre todos los artilugios, los crisoles, puestos sobre hornillos a calcinar, le fascinaban. “Se quema lo viejo, el cuerpo que ya no vale, liberando así el espíritu”, le decía el boticario, refiriéndose al polvo blanco que quedaba en el fondo. Con una espátula, el mozo recogía el resultado de la incineración como si fuera su propia alma.

Todo tenía que pesarse escrupulosamente. Sabía usar bien la balanza, aunque fuera de aquel tamaño minúsculo para él, acostumbrado a la romana del mercado.

Los albarelos era lo que más llamaba la atención de las señoras que se atrevían a traspasar la espesa cortina de olores acres que rezumaban las paredes, en busca de sus afamados elixires. Aunque a veces esos olores eran tan dulces y amables como las maneras que sabía lucir su maestro.

En los anaqueles se apilaba el botamen de cerámica y de vidrio. De formas galantes, con pie y toca, adornados con flores y cintas, o rectos como soldados jóvenes y austeros como abadesas. Los había de todos los tamaños, encajados en rincones, supurando sus venenos, o relucientes y puestos a la vista, como majestades. Contenían las materias primas de la botica y los remedios ya dispuestos. Allí se podían encontrar pétalos o raíces de hierbas recolectadas como mandaba el canon botánico, o faneros y órganos de animales exóticos, y todas las preparaciones hechas según el arte. Los rótulos con sus nombres sonaban a canto gregoriano.

Al llegar a  la botica, el maestro le había enseñado el viborero y la lagartera. No sintió repelús, a él eso no le intimidaba. Ni tampoco se inmutó al ver el estanque plagado de sanguijuelas.

Aquel día, como si el habérselo mostrado le hubiera inspirando, el maestro sacó su libro de recetas, que llevaba siempre consigo, y apuntó algo para una poción, le dijo, mirándole con la esperanza de que llegara a ser su confidente.

El ojo de boticario.

Después del primer recorrido por las estancias de la botica y sus anejos, notó que el boticario lo miraba con otra cara, como con una curiosidad en la que podía haber algo de aceptación, la mínima para que volviera a la jornada siguiente. De eso hacía ya unos años. Aprendió rápido a cuidar la vida cautiva y peligrosa que se transmutaba en mágicos venenos en las manos de su maestro. Había oído hablar de las artes de aquel boticario mucho antes de servir a su lado.

El lapidario lo vio más tarde. No recuerda cuándo, pero sí el día que supo que en el armario labrado de madera y recubierto de pan de oro estaba el mayor secreto de aquellas estancias, el “ojo de boticario”. Era un domingo de Ramos, el día del Señor. Una mujer había corrido en busca de auxilio para su hijita. Era criada de una buena cliente suya, de las que pagaban bien y se mantenían fieles a sus remedios. Pero a ella no le hizo falta suplicarle. En el pildorero de porcelana, la chica se llevó el remedio santo, preparado para ella al momento. Aquel día, entendió qué significaba ser maestro. Y se llenó de orgullo de ser el simple mancebo de aquél tan grande.

En el cajón de doble cerradura del gran mueble dorado, el boticario guardaba bajo llave sus tesoros más valiosos. Corrían muchos rumores sobre lo que contenía. Algunos hablaban de la piedra de más luz nunca vista, capaz de convertir un burdo metal en oro. Hasta la fecha, a él nunca le hablada de eso. “Haz bien tu trabajo y aprenderás”, era lo que le repetía constantemente, como una melodiosa canción que acabaría calándole hasta los huesos.

Él aspiraba a llevar un día, en una de esas lujosas cajitas de madera policromada, el veneno que curara el mal que padecía su madre, de quien era el guardián de sus recuerdos.

 

Era el final de un día de trabajo y no sabía cómo continuar lo que acababa de escribir. Salí a pasear con Cleo. Estaba esperando a que cayera el sol para abordar el pensamiento que intuía quería liberarse de entre la telaraña de mi mente.

¿Desde cuándo no me dejaba sorprender?

¿De qué me sentía aprendiz? y ¿quién era mi maestro?

Notaba algo así como una ebullición de emociones. Como un borboteo ruidoso y sordo a la vez. Y, de golpe, algo parecido a una carrera de sensaciones. Las vi corriendo tras los pensamientos que se atrevían a salir de la cárcel en la que los había tenido cautivos con casi toda la razón.

Qué tonterías era capaz de pensar cuando dejaba de pensar. ¿Tonterías?

Si pudiera poner nombre a las emociones y si ellas se dejaran ver y tocar, ¿tendrían el color de las avellanas?, ¿sabrían a caricias?, ¿olerían a lluvia?, ¿serían grandes como gigantes o pequeñitas como briznas?, ¿me querrían decir eso que los pensamientos ocultaban?

Me dejé sentir y pensar por lo más inocente de mí, por la niña que paseaba a mi lado, la que llevaba a Cleo de su manita creyéndose mayor. Las tres caminábamos tan juntas que podía sentir el latido de un único corazón.

¿Qué es lo que me gustaría curar de mi vida?

¿Qué es eso que hago de lo que estoy orgullosa?

 

Haz bien tu trabajo y aprenderás, recordé.

 

Y tú, ¿qué secretos guardas bajo llave?

 

3

Una brizna de autoridad o ¿qué pasaría si pudieras?

Por Domingo, junio 7, 2015

En un lugar de la vida de cuyo nombre no puedo acordarme…

 

Eso me decía mi mente durante el paseo, mientras escuchaba la lluvia en una tarde de verano agotador en medio de la primavera. La magia de la tecnología y la locura del clima. Al pasear, me conecto a mi música, a mis sonidos preferidos y los escucho en medio de cualquier ambiente, incluso en el tórrido de Madrid a finales de este mayo. Me encanta el sonido del agua, me vincula con mi creatividad a través de las sensaciones de serenidad y plenitud que experimento.

¿Cuál es el sonido que te sirve a ti?

Había salido con el objetivo de escribir sobre coaching, justo después de escuchar la noticia de la edición de un Quijote traducido al castellano actual. Para terminar, digo yo, la asignatura pendiente de casi todos los hispano-hablantes. El autor estaba convencido de que así, de la misma forma que quienes lo hacían en traducciones a otros idiomas, podríamos también aquí leer tan magnífica obra. Y luego incluso atrevernos con la original, en ese castellano antiguo bello, rico y desconocido.

¿Tienes alguna asignatura pendiente?

Y hablando de asignaturas, ¿qué tal tu relación con la autoridad? Nos pasamos la vida, bueno, gran parte de ella algunos, peleando contra quien nos dice qué hay que hacer y añorando que alguien nos lo diga. Así somos o así nos comportamos.

¿Te has dado cuenta de cómo eres y cómo te comportas frente a la autoridad?

Yo he aprendido a permitirme observar mi comportamiento y a desligarlo de quién soy. Al menos, en algunas ocasiones, cada vez más, las suficientes para que esto mismo se convierta en mi forma de comportarme frente a mí. Me observo y dejo para luego juzgarme. A esto lo llamo, quererme. Y este querer nace de aceptarme a mí misma para luego poder, si quiero, si lo necesito, hacer algo diferente, más saludable en ese momento para mí y para mi vida.

¿Puedes encontrar en tu vida momentos en los que te has juzgado sin compasión?

Ahora que escribo lo que pensaba, mi cerebro se va centrando en un camino entre los muchos que recorría al pasear esta tarde. Ahora es el momento del análisis de lo creado, de poner palabras concretas a las emociones y experiencias del paseo. Es mi mente racional al servicio de la planificación, de qué escribir, cómo y para qué. Escojo hablarte de tú y preguntarte como si estuviéramos cara a cara.

¿Te has parado a pensar alguna vez en cómo planificas lo que haces?

Y, según sigo escribiendo, me doy cuenta de posibles errores de interpretación o de explicación por mi parte, o de la confusión que puedo generar, y exploro otras alternativas. Me adelanto al resultado, a tu lectura, me pongo en tu lugar y sale mi yo crítico positivo para conseguir hacerlo mejor, hasta donde yo puedo en este momento.

¿Utilizas la crítica para crecer o para sufrir?

Te invito a que observes estas tres formas de pensar que tú también tienes, la creativa, sin límites, la analítica que planifica cómo operar en concreto, y la crítica para adelantarte a los errores y corregirlos.

¿Hablas o te comunicas?¿Y esto qué tiene que ver con la autoridad?, quizá te estés preguntando. ¿A ti qué te parece? Tu opinión es la que cuenta. Lo que yo puedo aportarte es que en mi vida he encontrado personas en las que confío y de las que aprendo, a las que pregunto cuando dudo o estoy confundida o, simplemente, quiero escuchar otro punto de vista. Y, entre esas personas, me encuentro yo. Sí, a mí recurro cada día como fuente de autoridad en mi vida. ¿Quién mejor que yo me conoce?, ¿quién sabe lo que mi corazón siente o mi mirada percibe o mi mente sueña?

Éste es un lugar de mi vida al que he llamado mi rincón del Coaching. El espacio y el tiempo en que me permito preguntarme a mí misma, como cuando converso con la persona que ha confiado en mí. ¿Para qué? Para que la acompañe en su camino de descubrimiento.

¿Quieres convertirte en tu propia fuente de autoridad?

Esto es Coaching, una conversación en la que llegues a preguntarte qué haces, qué piensas, que sientes, quién eres, y cómo quieres ser y hacer en adelante. ¿Para qué? Para aprobar con nota tus asignaturas pendientes, si realmente quieres conseguirlo.
¿Quieres aprobar de una vez por todas?

Esto es Coaching con mayúsculas. Es acompañar a descubrir esa brizna de autoridad que todos llevamos dentro y aprender a ponerla a nuestro servicio.
¿Qué pasarías si pudieras?

1