¿Qué camino escoges?

Por Lunes, enero 12, 2015

Cuando salgo a andar y llevo el tiempo justo, suelo ir por el mismo camino, el que empieza nada más cruzar la calle. Es como si mi mente dibujara una línea recta desde el origen al punto de destino y me indicara que por ahí llego antes. Sería algo parecido a ir trazando líneas rectas entre los distintos puntos del recorrido para ir acortándolo.

Curiosamente, este camino no es el mismo que utilizo para regresar. Porque a mi vuelta, al llegar a una de las posibles bifurcaciones, se abre otro más amplio entre los árboles del parque y, aunque es en cuesta, lo cojo. Por él circunvalo el de ida, lo rodeo en sus tramos medio y final.

Esta tarde salía de casa, como es habitual en mí en los últimos meses, con una hora fijada para el paseo, llegada y salida, es decir, sin tiempo para imprevistos.

Cuando, a mitad del paseo, me he dado cuenta de que estaba trazando ese imaginario recorrido óptimo y que luego haría otro diferente, me he preguntado, ¿qué me lleva a tomar esa decisión, a escoger uno y otro camino en dos momentos diferentes?

La respuesta es que mi mente visualiza el camino más cercano como el más rentable para mí en ese aquí y ahora inmediatos, sin evaluar los pormenores del recorrido y la inversión que debo hacer en cada uno, de tiempo, espacio y esfuerzo. Es una visión general, una valoración global de la situación.

Esto significa que he primado la inmediatez y quizá algo más. Algo parecido a sentir que era lo correcto, lo que más me convenía. A la ida, voy con el tiempo justo. A la vuelta, puedo entretenerme un poco, a pesar de lo que a esas horas ya me pesa el día.

 Cada elección tiene un coste y una ganancia. La primera, ir por un camino menos bonito para mí y el creer que llego antes, que atajo. La segunda, que, a pesar de la cuesta y quizá del cansancio, puedo disfrutar del regreso sin la presión del tiempo, que aún tengo fuerzas y ganas para entretenerme en un tiempo que es para mí. Es como si el camino de ida me llevara a mi destino, lo antes posible, sin perderme en dudas. Y el de vuelta, me alejara de las prisas imaginadas del día y me dejara un tiempo sin límites.

Aunque ambas elecciones tienen un objetivo distinto, en cada una de ellas se esconde una estrategia similar. En los dos casos escojo el camino más cercano y luego lo rentabilizo.

Mi mente es capaz de sacar lo mejor de cada elección. El paseo de hoy me ha ayudado a darme cuenta.

Ésta es una forma de tomar decisiones. Hay otras.

A la hora de elegir, optimizar, maximizar y satisfacer son aspectos a considerar en función del resultado buscado.

Podía haber maximizado este proceso, evaluando exhaustivamente cada uno de los aspectos a considerar, ponderándolos según el valor atribuido. Así tendría la mejor de las decisiones de entre todas las posibles.

También me podía haber quedado satisfecha con la primera opción mínimamente aceptable, sin pensar más allá.

En mi caso, lo que he hecho es optimizar la elección, al generar una respuesta que me ha permitido alcanzar un equilibrio entre los distintos componentes en juego en ese momento para mí.

Aprender a reconocer cómo elegimos nos permite ser conscientes de nuestros deseos y necesidades, de nuestras preferencias. Y, además, nos aporta el valor de poder generar opciones distintas, adecuadas a cada tipo de decisión y momento.

 Y tú, ¿qué camino escoges?

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